"Mejorar es cambiar; ser perfecto es cambiar a menudo", Winston Churchill.

Por Carlos Meraz

Desde que el pasado 11 de marzo la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró pandemia por el nuevo coronavirus Covid-19, el mundo cambió para siempre y posiblemente cuando todo pase se erigirá un nuevo orden mundial por las naciones menos afectadas y/o aquellos países que lograron enfrentar y abatir sus altas tasas de propagación y muertes.

Pero esa es otra estéril teoría de un mundo por venir, que puede ser mejor o peor, así sin medias tintas, en el cual el destino de la humanidad está fincado en un confinamiento temporal, con una cuarentena primaveral que podría extenderse hasta el verano.

Este encierro voluntariamente a fuerzas trae consigo varias consecuencias, siendo la más preocupante el colapso económico y financiero a escala global y con ello infinidad de empresas en bancarrota con sus respectivas cifras de millones de desempleos.

México y sus casi 120 millones de habitantes no está exentos de ser presa de este virus y tampoco el país está realmente preparado para enfrentar sus gravísimas consecuencias sanitarias y económicas, pues esta enfermedad es tan letal para la vida y el bolsillo de cualquiera.

Un país dividido siempre será blanco fácil para una incontrolable enfermedad como ésta. Y aunque, ante la histórica orfandad gubernamental con sus reacciones tardías, la sociedad mexicana suele unirse y fortalecerse ante la desgracia —las lamentables pruebas de ello son los actos espontáneos y solidarios en los terremotos de 1985 y 2017—, es entonces cuando surge la pregunta ¿para qué sirven los gobiernos?

Supongo que la razón de un gobierno es para ofrecer certidumbre y acciones concretas para enfrentar cualquier contingencia. El capitán del barco se forja en las tormentas, no cuando el mar está quieto. Por eso el presidente Andrés Manuel López Obrador debe demostrar, y pongo debe porque su alto cargo así se lo exige, que es un mandatario de todos los mexicanos, no sólo de los pobres y de los que votaron por él, sino también de ricos, de quienes en las urnas favorecieron a otro y hasta de los que optaron por no sufragar. 

Es momento impostergable de unidad nacional. De aplazar los sueños para afrontar las pesadillas. De olvidarse de anacrónicos y absurdos rótulos de chairos y fifís, que sólo sirven para polarizar. Todo somos mexicanos y juntos saldremos avante. Es hora de que AMLO concilie y reúna a los mejores a su lado, sin importar afiliaciones partidistas o hasta enemistades pasadas. Es hora de cambiar la historia y el futuro de México.

Para ese noble fin no basta con un Presidente dispuesto, además se requiere de toda una nación dispuesta a luchar por un bien común: sacar adelante a nuestro país desde la trinchera que nos toca. Así como en las guerras más cruentas hay treguas, es hora de que los detractores del Ejecutivo ya no se regodeen con profecías de un inminente fin de sexenio ni que sus simpatizantes justifiquen los desplantes del político tabasqueño. Es hora de estar juntos, pues no sólo hoy, sino por mucho tiempo, hemos estado separados.

Este bicho microscópico se ha convertido no solo en una desgracia de magnitudes apocalípticas, sino también en una gran enseñanza de vida: a ya no temer lo que se aprecie a simple vista, sino a aquello que no se ve.

Quizá soy un idealista o un soñador, pero espero no ser el único mexicano así, ¿se suma, ciudadano Presidente?

Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz


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