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Por María Fernanda Delgado

Hablar de México es hablar de contrastes y mestizaje. El pueblo mexicano está formado de las distintas razas (*tomaremos el sentido literal de la palabra, sin ninguna intención peyorativa que pudiera atañerse al término) humanas que convergieron durante la época colonial en América. Durante los casi 500 años que duró esta etapa fue tiempo suficiente para que se fuera creando una identidad propia, y que se diera el ya mencionado mestizaje, dando como resultado las características físicas de las que gozamos actualmente. Y una de las ramas del mestizaje que existen en nuestro país es la de los afromexicanos. 

Como su nombre lo dice, se denomina así a las poblaciones que gozan de cultura y características físicas de antepasados negros, cuyos orígenes llegan a los esclavos africanos traídos por los españoles al continente. 

Cifras 

En el pasado Censo de Población y Vivienda hecho por el Inegi en 2015 se registró a un aproximado de 1.4 millones de personas que se identifican como afrodescendientes. Ellos equivalen al 1.16% de la población nacional, de estos el 51.0% son mujeres y el 49.0% hombres. Cabe resaltar que el concepto tiende a ser inexacto, ya que el criterio que se empleó fue una pregunta en la que se cuestionaba si el ciudadano se consideraba afrodescendiente. 

Con respecto a los criterios que tienen que ver con calidad de vida y salud, en muchos sentidos (según la encuesta) estos tienen porcentajes muy semejantes a los del resto de la población, para ejemplificar, en escolaridad la media nacional es de 9.1 años, mientras que entre la población afrodescendiente es del 8.9, así mismo, el acceso a seguridad social es de 82.1, a comparación del 82.2 en el resto de los mexicanos. Hubo incluso un criterio de condiciones de vivienda (Viviendas con piso de cemento o firme) donde presentaron resultados superiores al promedio nacional con un 57.9% contra un 52.7%. 

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Pero no todo luce tan bien para ellos, la tasa de analfabetismo es tres veces mayor a la del promedio nacional con un 15.7 % contra un 5.5%.; y también, para un afromexicano es doblemente más difícil obtener un empleo remunerado con tres salarios mínimos o más que para cualquier otro mexicano con un porcentaje de 15.2 % contra el 30.4% del país.  

Por su parte, los estados con mayor presencia de población afrodescendiente son Guerrero con 6.5 % de su población, Oaxaca con un 4.9%, Veracruz con 3.3, en Edo. Méx. y CDMX con 1.9 % y 1.8 % respectivamente.  

 Se podría considerar que su mayor concentración está en las zonas del sur de México, especialmente en las orillas del Río Papaloapan y en la Costa Chica de Veracruz. Histórica y geográficamente está justificado, ya que recordemos que el puerto de Veracruz era el punto de comercio más importante del continente, y entre las actividades económicas se encontraba el comercio de esclavos. 

Herencia negra 

Hay bastante en nuestra historia respecto a la herencia afroamericana que ignoramos. Comencemos con que el primer pueblo de esclavos libres de América se fundó en Veracruz por el valor de un esclavo fugitivo llamado “Ñyanga” (mejor conocido como Yanga) que junto con otros “cimarrones” fundó un asentamiento para fugitivos de las haciendas en 1608, y para 1630 el entonces Virrey de Cerralvo lo legitimó, llamándolo San José de los Negros. Incluso se dice que muchos esclavos fugitivos provenientes de las Colonias Inglesas (E.E.U.U.) huyeron hacia el sur, llegando a este refugio.   

También es importante recordar las aportaciones que tiene la herencia negra para la creación de nuestra identidad cultural, en Guerrero, Oaxaca y Veracruz la influencia de los antepasados africanos es por demás visible en festividades como los distintos Carnavales o durante Día de Muertos a través de la música y danzas (como la de “los Diablos” en Guerrero). Además, varios personajes por demás ilustres de nuestra historia eran mulatos, como el Cura José María Morelos, Vicente Guerrero, Emiliano Zapata o el presidente Lázaro Cárdenas. 

La otra cara 

A pesar de las cifras, en lo concerniente a la integración social las cosas no son tan sencillas. Uno de los mayores retos que enfrentan las comunidades de origen negro es la discriminación. No son pocas las historias de personas que no han conseguido un empleo por su color de piel, o los mexicanos que han tenido que “demostrar” a las autoridades fronterizas que son compatriotas, además de con sus identificaciones y documentos, cantando el himno nacional a los oficiales. Fuera de la idea de que se les puede confundir con ciudadanos de Centroamérica, la raíz de esto es la ignorancia (o la negación) que existe hacia una raíz negra que forma parte del mestizaje en nuestra sociedad. 

Es esta una segregación silenciosa, sutil, que ha subsistido a través de los dos siglos que llevamos de patria porque se presenta por lo bajo y está arraigada al inconsciente del mexicano que no termina de conocer y por tanto de sentirse orgulloso de su origen. 

Y es que todo comienza desde el momento en que vemos a las minorías étnicas como algo ajeno a nosotros, y los separamos de nuestra sociedad, o con gestos como la estigmatización del término “Negro” porque creemos que es ofensivo llamar a alguien de esa forma, cuando para un afrodescendiente consciente de su herencia es motivo de orgullo. 

No olvidemos que las persona que son objeto de discriminación se vuelven más vulnerables, ya que al tener menos oportunidades sus posibilidades de obtener una mejor calidad de vida y ser ciudadanos productivos se reducen drásticamente, perpetuando la marginación y frenando el desarrollo del país. 

Actualmente el panorama parece comenzar a abrirse para la inclusión, apenas en abril de este año se aprobó la adición de un apartado C en el Artículo 2° de la Constitución, en el que se le brinda un merecido lugar dentro de la diversidad étnica de la Nación a los pueblos afrodescendientes; pero esto tendrá resultados y favorecerá a nuestro país sólo cuándo la sociedad termine de involucrarse en la vida pública y busque lograr que nuestro país sea más justo para todos. 

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