Por Carlos Meraz

“El problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes”, Winston Churchill.

En la actualidad no hay término más sobrevalorado, manoseado, inverosímil y hasta prostituido que el de líder. Pensar que cualquiera tan sólo por encabezar un área laboral merece ser llamado de esa manera o que ya lo es para otros sectores de una empresa, sería igual a creer, con apabullante inocencia, que la compañía siempre tiene la razón y vela con vehemencia por los intereses de todos sus empleados.

En algunas universidades privadas incluso se monetiza la idea de que ahí ingresan alumnos y salen líderes para una sociedad demandante de figuras a seguir. Nada más falso. Como si el liderazgo se pudiera adquirir por enfrentar y resolver retos académicos, ser sobresaliente en el aula o simplemente tener iniciativa.

El liderazgo es mucho más complejo, pues no se está regando plantas ni maquilando personalidades sino formando y deformando estudiantes, con todo lo que ello implica. Por qué hacerles creer que por ciertas actividades, ejercicios o lecturas uno se matriculará de líder en su área de especialización. Mentira más vil.

Un líder nato, como un héroe, no surge en serie ni en México ni en ninguna otra parte del mundo, y la prueba de ello es que si así fuera en el siglo XXI estaríamos colmados de prodigios aspiracionales, empáticos, audaces, innovadores, transgresores, honestos y carismáticos, con un magnetismo que de inmediato se percibe, y yo no los veo por ninguna parte.

Quizá será porque el rango de líder lo pongo demasiado alto y cuando pienso en esa palabra vienen a mi mente figuras que cambiaron para siempre el destino del pasado milenio: desde Winston Churchill, Ernesto “Che” Guevara, Mahatma Gandhi o Nelson Mandela hasta John Lennon, Steve Jobs, Muhammad Ali o Diego Armando Maradona. Incansables luchadores que incluso ante la derrota se comportaron como vencedores, con vidas y obras que han inspirado a generaciones a lo largo y ancho del orbe.

Como dijera Churchill: “Las actitudes son más importantes que las aptitudes” y es que los líderes no forjan su temple al timón en un mar en calma, sino durante las tormentas sacando adelante siempre a la embarcación.

Hay una pequeña gran diferencia entre ser un jefe y ser un líder: el primero demanda únicamente obediencia ciega; mientras que el segundo se gana su autoridad a través del conocimiento, la confianza, el respeto y la admiración.

El jefe se sienta cómodamente detrás de su escritorio y como buen táctico planea la batalla, entrega su mapas de logística y hasta puede ganarle la guerra al enemigo sin empolvarse el uniforme; en cambio el líder está en el frente de batalla, enseña a la tropa estrategias de ataque y supervivencia, e inclusive puede perder la contienda, pero sin chistar más de uno darían la vida por él.

Un proverbio chino define el arquetipo de liderazgo: “Los patos salvajes siguen al líder de su parvada por la forma de su vuelo y no por la fuerza de su graznido”.

Quizá por ello cuando en mis anteriores trabajos me han soltado la frase de “sigue a tu líder” y volteó a ver a un tipo con la gracia de un hipopótamo con polio, cerebro de mosca, honestidad de alacrán, vida de rémora, pasión de koala y actitud de perro faldero al amo en turno, no sé si hay una cámara escondida para una broma de mal gusto o es una prueba de que en la era de los mediocres y de los vendedores de humo cualquier gaznápiro puede ser ungido. Demasiado título para tan poca cosa y tan ridículo como comprarse un Ferrari para que lo maneje el chofer.

Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz


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