“Amigos míos, pedid a Dios alegría;

sed tan alegres como los niños, como los pájaros bajo el cielo”.

 

Fiódor Dostoyevski, escritor y novelista ruso.

Por Ricardo Córdova

“La principal diferencia entre rusos y mexicanos es muy simple: ustedes, los mexicanos, a pesar de las dificultades de la vida, son optimistas y confían en que Dios los asistirá. La verdad, es muy bueno que a pesar de la dura realidad, de las dificultades cotidianas ustedes aún crean que les va a ir mejor. Al menos ustedes tienen fe, los rusos ya no”.

Esas fueron las palabras de Sascha, un camarada de las estepas cuando platicamos específicamente sobre un asunto muy peculiar: los pocos niños que tienen las familias rusas.  

Él me explicó con lujo de detalle que no era ninguna casualidad que la inmensa mayoría de las familias se conformaran por papá, mamá y un solo hijo.

 

Pregunta Yo.- ¿Te gustan los niños?

Respuesta Sascha.- Por supuesto.

Pregunta Yo.- ¿Te gustaría tener más de uno?

Respuesta Sascha.- Claro, tantos como para poder formar un equipo de Hockey.

Pregunta Yo.- ¿Y entonces?

Respuesta Sascha.- Entonces nada, que el horno no está para bollos y la

                               situación político-económica no pinta nada bien.

Pregunta Yo.- ¿Pero y si nunca se dan las condiciones ideales para tener más

                        niños?

Respuesta Sascha.- Pues ya tenemos uno y a ese único hijo sí podemos darle lo

                              mínimo necesario para que tenga una vida digna y con un

                              futuro mejor que el nuestro. Es irresponsable tener más hijos

                              sin tener una situación estable.

 

Niña en Parque de los Niños de Simferopol, Crimea. 

Yo pensé que indudablemente muchos mexicanos somos muy (MUY) optimistas cuando de imaginar los escenarios posibles para nuestro futuro y el de nuestros hijos. Ciertamente nos gusta pensar que –a pesar de la vida y sus dificultades- las cosas siempre estarán mejor. O al menos –y para no generalizar- a mí sí me gusta creerlo. Claro, no tengo ninguna base científica que sustentante mis peregrinos deseos, sólo mi fe y la esperanza de que así será.

Por otro lado y aunque parezca una exageración, para muchos rusos a la hora de la verdad, respecto al tema de los hijos, la realidad se impone y es menos romántica que traer niños al mundo para alimentarlos solo con amor, buenos deseos o recurriendo al socorridísimo “Dios proveerá”.

Sucede que ellos aún tienen muy presente la traumática experiencia que vivieron tras la crisis económica que propició la disolución de la URSS, durante la cual y sin propedéutico de por medio, millones de ciudadanos pasaron de vivir la ilusión colectiva de un Estado totalitario y controlador como lo era el modelo soviético, a padecer el cinismo y la falta de escrúpulos imperante en sociedad de “La libertad de Su Majestad el Consumo”, como llama al capitalismo la escritora bielorrusa y premio nobel de literatura 2015, Svetlana Aleksievich en su libro El fin de “Homo sovieticus”.

Ahondando en lo anterior, Sascha me compartió generosamente su experiencia: él era muy joven, pero en casa –cuando se separó la URSS- su mamá y su papá se quedaron sin empleo de un día para otro, el poco dinero que tenían no valía o bien no servía para comprar absolutamente nada, porque debido a la especulación, las tiendas se encontraban vacías, sin productos qué vender. La inseguridad y el crimen imperaban en las calles y las instituciones brillaban por su ausencia. Fueron tiempos muy difíciles. 

El futuro se pintaba para millones más oscuro que túnel del metro.

Esa amarga vivencia es la que ha marcado la vida y condicionado las expectativas de varias generaciones de rusos que nacieron después de la disolución de la URSS. Han pasado casi treinta años pero ellos aún tienen muy presente lo sucedido: piensan que una crisis de ese calibre puede volver a suceder y por eso no se fían. Por eso van con tiento a la hora de ser papás.

Es por ello que cuando recién aterricé en Crimea (en el ahora ya lejano 2011) una de las cosas que más me sorprendieron fue la baja cantidad de niños que te podías encontrar en las calles, los parques, jardines y demás espacios públicos.

Niña en Parque de los Niños de Simferopol, Crimea, durante las celebraciones del Desfile de los niños.

Ingenuamente hasta llegué a pensar que los amorosos papás no sacaban a sus críos a las calles para evitar que se enfermaran con los helados vientos colados de las estepas. Y entonces, en medida que pasaba el tiempo, llegaba el verano y el clima iba mejorando, vi que las cosas no cambiaban: los niños seguían sin aparecer, al menos no en la cantidad que yo esperaba.

Para entenderlo propiamente, imagínense esta escena: provengo de un país que si algo le sobra son niños. Niños en todos lados y a todas horas. Y de repente acá, pensando que la cosa es más o menos igual…resulta que casi no hay.

Y tan preocupante se ha vuelto esta situación, que desde hace un tiempo para acá, el gobierno ruso ha puesto manos a la obra para revertir esa tendencia: se han implementado una serie de medidas para promover que las familias procreen más de un hijo, lo cual incluye un atractivo apoyo económico a modo de recompensa por cada bebé que nazca, hasta un año de permiso en el trabajo para que las madres puedan estar son sus hijos, etc. Pero sospecho que la iniciativa no está funcionando del todo, porque no veo a los camaradas muy entusiasmados procreando hijos sin ton ni son.

Niño ren Parque de los Niños de Simferopol, Crimea, durante las celebraciones del Desfile de los niños.

Lo cierto es que la población rusa es mayoritariamente adulta y créanme que no exagero cuando les digo que es probable que haya más ancianos que niños.

Seguramente por eso a mí emociona tanto ver cómo la sociedad rusa se esmera en cuidar y mimar a los pocos niños que tienen, porque al final de cuentas, aunque si bien es cierto que son poquitos, ellos son el futuro de Rusia y por consiguiente “son los niños de todos”.

Acá entre nos, y aunque la mera verdad yo no soy muy niñero que digamos, ahora hasta valoro más a los niños cuando me los encuentro en el transporte público, en el súper o simplemente en las calles. Así como no queriendo, me les voy aproximando y sin que ellos ni sus papás se lo esperen, de repente me veo agarrándoles los mofletes, arqueándoles la ceja o haciéndoles algún mimo. Inclusive, en más de una ocasión he terminado cargando a uno que otro que no ha podido resistirse a mis latinos encantos.

Asimismo, les comparto una divertida historia de la estepa: hace unos meses hubo una reunión de vecinos del edificio en donde vivo. El gran tema fue una chica que tiene un crío de unos cuantos meses. Resulta que la bendita madre  todos los días desde las siete de la mañana, sale a pasear en carriola con su hijo, el cual hace tanto ruido que los vecinos se quejaron del pobre chiquillo porque despierta a la banda (yo pienso que en realidad las calles adolecen de los ruidos típicos de los niños). La respuesta de la joven madre fue: ¡Imagínense el ruido si lo tengo dentro de casa! ¿Qué dilema, no?

Finalmente y para ir cerrando este tópico, les confieso que soy un convencido de la causa en favor de incrementar el índice de niños por familia en Rusia, es por eso que me esfuerzo constantemente para contribuir a revertir los preocupantes datos que arrojan las estadísticas, pero se me hace que algo estoy haciendo mal o me están dando gato por liebre porque nada más no veo claro.

En fin, en cuanto tenga novedades al respecto prometo hacérselos saber.

Niño en Parque de los Niños de Simferopol, Crimea, durante las celebraciones del Desfile de los niños.

Imagen de ricardo.cordova

Ricardo Córdova Orta