“He hecho cosas horribles por dinero... como despertarme temprano para ir a trabajar”. Groucho Marx.

Por Carlos Meraz

El oficio del periodismo es tan noble, que en estos tiempos cualquiera lo puede ejercer y hasta vanagloriarse de ser periodista... aunque tenga la preparatoria inconclusa; suelte peroratas sobre la objetividad y no conozca la imparcialidad; que sus lecturas se remitan a los subtítulos de las películas y que sea lo suficientemente iluso para sentirse un intelectual orgánico, de esos que se masturban con los textos de Gramsci.

Creo que para ser un buen periodista lo primero que hay que aprender es a vivir, no a subsistir; a escuchar, no oír; a observar, no sólo ver. El desarrollo de ese feeling nadie lo enseña, a uno ya le toca descubrirlo por su cuenta. Eso es lo apasionante de este oficio, que es maravilloso porque puede no serlo o llegar a serlo.

Siempre he dicho que “soy narigón por genética, no por mentiroso” y sólo escribo de lo que puedo comprobar con hechos, lo que puedo documentar y no sólo exhibirlo por bluff; si es ejercicio de imaginación para eso hay otros espacios de ficción, tan admirables como los del escritor o tan vilipendiados como los del político.

Este oficio es, sin duda alguna, de contrastes. Un día se puede viajar en limosina, y al siguiente hay que tomar el Metro en hora pico; estar con una leyenda viviente y luego con un neófito que pasará al olvido; ser enviado a Nueva York o Londres o reportear en las colonias Roma o Buenos Aires; tener un reservado en un sitio gourmet y más tarde cenar en un local de tacos. Un día se puede tocar el cielo y 24 horas después sentir el infierno. Entender que esto, como la vida misma, es una balanza.

Pero hay muchos que pierden piso, sienten que su palabra ya es el oráculo, que predican sin ser ejemplo ya no digamos de ética sino de congruencia, y aún así hasta se atreven a escupir para arriba. Como leí recientemente en una publicación de Facebook: “Cada cabeza es un mundo; salvo la tuya, la tuya es un pueblo. Uno chiquito, con poquitos habitantes. Pendejos en su mayoría”. 

Qué cierto puede resultar ese comentario en la actualidad, en un medio colmado de espontáneos, de editores que nunca han reporteado, de enviados al extranjero más preocupados en acumular millas que en ofrecer publicaciones dignas; de directores sin escrúpulos que ejercen el periodismo gracias a sus relaciones públicas o lisonjas ante su amo, o de consorcios de comunicación donde la libertad de expresión es vista como lujo inmerecido para el público y la censura es la apuesta barata al servicio empresarial.

A finales del año pasado, el periodismo me dio una gran lección con una “mala noticia”, al ser echado del trabajo de la peor forma. Me quisieron humillar y ofrecerme una miseria por dedicarles 13 años de mi vida, al condicionar ilegalmente el pago del aguinaldo por mi rúbrica de renuncia “voluntaria”. En lugar de bajar la cabeza me erguí y decidí difundir mi caso a la cúpula —es decir al propietario de la empresa, a quien le notifiqué, por si no sabía, de las violaciones a mis derechos laborales— mediante una denuncia pública en las “benditas” redes sociales hasta hacerla trending topic. Siempre hay que ir con el dueño del circo, nunca con los payasos.

La experiencia me dejó claro que hay personas de la que esperas todo y recibes nada, y otras, en las que no tenías ninguna expectativa depositada, se sumaron desinteresadamente a mi lucha. Para las primeras, mi indiferencia y olvido, y para las segundas, mi agradecimiento perpetuo, desde ese instante sus enemigos también son los míos.

En una posterior reunión con un directivo del corporativo —de la que me dijo “si ésta es tu casa” y yo repliqué “de mi casa nadie me corre”— le dije que su empresa, por muy poderosa y rica que fuese, podría perder mucho con sus arbitrarias reestructuraciones y hasta le pregunté si sabía cuál era el principal activo de un medio de comunicación.

— Su gente... —me soltó sin pensar, pues de eso precisamente estaba prescindiendo el grupo empresarial con su primer gran recorte.

— No, no es su talento humano, ni su infraestructura o siquiera su innovación... El principal activo de un medio de comunicación es su credibilidad... Cuesta tanto tenerla y es tan fácil perderla... —precisé mientras pensaba que por “ahorrarse” el dinero que por ley me corresponde estos líderes empresariales se estaban ganando la peor campaña de desprestigio.

Al final, asesorado por un abogado brillante y honesto —que sí los hay— todo se negoció, llegamos a un acuerdo y tras un fugaz reclamo por “alebrestar las aguas” con mis tuits dirigidos al big boss, simplemente contesté con una lapidaria frase de Truman Capote, extraída de su libro Answered Prayers: "No sé por qué se han enfadado tanto... ¿A quién creían que tenían ante ustedes, a un bufón de palacio? Pues tenían a un periodista".

Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz


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