Por Carlos Meraz

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La credibilidad cuesta tanto adquirirla y es tan fácil perderla. Y en eso la Academia de Artes y Ciencias y Cinematográficas, que entrega el Oscar, tiene sobrada experiencia.

Incluso la AMPAS (por sus siglas en inglés) puede avergonzarse de nunca otorgarle la estatuilla en una competencia a indiscutibles genios e iconos, desde cineastas como Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick, Ingmar Bergman o Federico Fellini, hasta actores del calibre de Groucho Marx, Charles Chaplin (ganó uno en 1973 pero por Mejor Banda Sonora por “Limelight” o “Candilejas”, estrenada en Los Ángeles 20 años después de su aparición), al centenario Kirk Douglas o a la sex symbol por antonomasia de Hollywood, Marilyn Monroe. Todos, por citar algunos, olvidados en estos galardones por una industria que, paradójicamente, no sería la misma sin ellos.

¿Por qué creerle a una institución que, en aras de llegar a nuevas audiencias, planeó fallidamente incluir en su próxima edición 91 la ridícula categoría de películas “populares” e intentó excluir —también sin éxito— de la transmisión televisiva la presentación de cuatro importantes postulaciones: Fotografía, Edición, Cortometraje y Maquillaje? Algo insólito para una institución que debería saber que no es lo mismo, hacer películas que hacer cine; pues mientras lo primero busca deliberadamente la taquilla, lo segundo apuesta a la posteridad con la expresión artística.

Por ello si existiese la justicia en el Oscar este próximo domingo, sin chovinismos de por medio, el mexicano Alfonso Cuarón con su filme “Roma” debería embolsarse al menos tres estatuillas: Mejor Película Extranjera, Mejor Fotografía y Mejor Dirección, y con suerte hasta una cuarta en rubro estelar de Mejor Película, algo que lo ubicaría en el Olimpo fílmico, como la primera cinta en español en la historia, y también de Netflix, merecedora del máximo premio otorgado por la AMPAS.

A final de cuentas, en este mundo injusto y hasta estúpidamente correcto por conveniencias, lo único que se vale y no cuesta nada, es soñar. Y eso es “Roma”, un viaje onírico a la infancia del autor, de la mano de la mujer que lo cuidó y lo vió crecer: su nana “Libo”, inmortalizada en la pantalla grande por Yalitza Aparicio en el papel de “Cleo”.

Como dijera Hitchcock: “Algunos filmes son trozos de vida. Los míos son trozos de pastel”.

Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz