Por Carlos Meraz

“Las barreras mentales por lo general perviven por más tiempo que las de hormigón”, Willy Brandt.

Hace ya 30 años, el 9 de noviembre de 1989, en una sola noche cayó el Muro de Berlín, en una celebración nocturna a la libertad y a la unificación de la nación teutona, en una velada diametralmente opuesta a aquella del 13 de agosto de 1961 mientras Alemania dormía. Dos noches diferentes en la historia del pueblo germánico: una del oscuro amanecer a una pesadilla que duró 28 años, y la otra de un anhelado sueño que se materializó a las 23 horas y del que nadie quería despertar.

El símbolo de la Guerra Fría y de la división ideológica alemana se resquebrajó, como también se vino abajo una era de represión, segregación y totalitarismo para dar la bienvenida a la esperanza y la libertad, tras 28 años, dos meses y 27 días de ser en la realidad el “muro de la vergüenza” (Schandmauer).

Uno de los últimos bastiones del fascismo tudesco era derrumbado por sus propias víctimas, miles de alemanes que en un memorable ejercicio catártico, a punta de martillazos, derrumbaron la fortificación que dividía Berlín y los aprisionaba como parte de la RDA comunista.

El muro de hormigón de 155 kilómetros que fuera la edificación a la intolerancia se convirtió en un puente hacia el cambio político y económico, por el que esa noche circularon millares de personas agolpadas en los puntos de control para cruzar del otro lado, a la RFA, y así reencontrarse con familiares, amigos, pero sobre todo, con la libertad en su propio territorio.

De la muralla que separó al mundo en dos sistemas socioeconómicos: capitalismo y comunismo, existen 241 pedazos distribuidos en 146 memoriales en más de 70 naciones, según la Fundación para la Reflexión sobre la Dictadura en Alemania Oriental. Y uno de ellos, el bloque rectangular 266 —con sus 3.62 metros de altura, 1.8 de ancho y 2.20 de grosor— es parte de la colección permanente del Museo Memoria y Tolerancia, ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México. 

EL MIEDO CONVERTIDO EN LADRILLOS
Por televisión el mundo presenció la caída de la abominable construcción y la edificación de una nueva Europa. La frase de Roger Waters “es solo otro ladrillo en la pared”, de su álbum de 1979, The Wall, con Pink Floyd, cobró un esperanzador nuevo significado.

Su descomunal obra contra el belicismo y autoritarismo, adaptada al cine en 1982 por Alan Parker, sería recreada por Waters ocho meses después de la caída del Muro de Berlín con el masivo The Wall, escenificado en un terreno entre la Potsdamer Platz y la Puerta de Brandeburgo, con artistas invitados para una asistencia superior a los 300 mil espectadores y transmisión a 52 países del orbe.

No sólo cuatro generaciones de alemanes quedaron marcadas por el levantamiento de la muralla y su sanguinaria guardia represora, sino también algunos influyentes artistas musicales como el británico David Bowie, quien en los estudios berlineses Hansa grabó en 1977 el emblemático álbum Heroes, cuyo tema homónimo narra una historia de amor entre dos personas que se conocen en el muro; la banda irlandesa U2 que en 1991 usó el mismo sitio de grabación para su más experimental disco Achtung Baby! o el grupo local Scorpions que en 1990 lanzó la power ballad Wind of Change, considerada un himno sobre la paz y la reunificación tras el fin de la Guerra Fría.

Sin embargo fue Roger Waters con The Wall quien enseñó que en el soundtrack de nuestras vidas mientras los valientes construyen puentes, los cobardes levantan muros.
Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz


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