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Por Ricardo Córdova

“…Ra ra Rasputín

amante de la reina rusa.

Ra ra Rasputín

La más grande máquina de amar de Rusia”.

 

Fragmento de Rasputín.

Canción de finales de los años 70

interpretada por el grupo de música disco Money B.

.

 

Cuentan los que saben, que uno no escribe sobre lo que quiere, sino sobre lo que puede.

Suscribo la máxima citada previamente al acometer por cuarta ocasión este nueva entrega de Érase una vez en Rusia, y que en un principio estaba pensada en contar la fascinante vida y milagros de Grigori Rasputín, el monje-místico que sedujo a los Romanov en los primeros años del siglo XX y que previo a su escandaloso asesinato (1916) vaticinó la caída del Imperio.

En la primera versión de mi texto, el párrafo de introducción comenzaba con una deliciosa anécdota sobre mi profesor de historia de la universidad, el admiradísimo Dr. Julio Morán, el cual -a modo de confidencia- una vez contó en clase que huyendo de la inminente persecución franquista en España en contra del bando republicano que había resultado perdedor de la Guerra Civil, tuvo la suerte de poder exiliarse en Francia, país en el que inesperadamente se encontró –nada más y nada menos- con el príncipe Félix Yuzúpov, uno de los pocos sobrevivientes de la familia imperial rusa después de la Revolución bolchevique, y el cual pasó a la posteridad al tener un papel preponderante en la conjura y asesinato del célebre místico ruso: fue en la casa del Príncipe (el Palacio  Moika en la ciudad de San Petersburgo) en donde se cometió el atentado que acabaría con la vida de Rasputín.

Rasputín, el príncipe Yuzúpov y mi maestro de historia

Desafortunadamente no tuve la habilidad para desarrollar plenamente mi idea ni de sostener el ritmo de narración que yo pretendía, así que desistí de continuar por ese camino.

La segunda versión de esta colaboración tenía como idea retomar al mismo protagonista: Rasputín, pero no bajo el enfoque del personaje histórico, sino el del producto cultural, ese que tras la disolución de la URSS y su reconstitución de nuevo como país en 1991, se ha convertido en un poderoso icono de Rusia y lo ruso, despertando el morbo y la fascinación de muchísimos rusófilos alrededor del mundo.

Libros, artículos, iconografía, películas, canciones populares, obras de teatro, disfraces, suvenires y hasta graciosísimos memes eran parte del argumento.

Comentaba en este segundo intento, sobre el gusto morboso que los rusos sienten por las cuestiones místico-esotéricas, lo que significaría que personajes como Rasputín no son una rareza. Y es que en contra de lo que muchos pueden suponer, rusos y mexicanos compartimos el gusto por la superchería, lo esotérico, lo sobrenatural y el pensamiento mágico.

Rasputín, el príncipe Yuzúpov y mi maestro de historia

Para muestra un botón: el súper popular programa битва экстрасенсе (se traduce algo así como “Batalla extrasensorial”) que exitosamente se transmite desde hace 17 años en el canal ruso TNT y que en cuestiones de raiting no tiene nada que envidiarle a Games of Thrones. El programa funciona como un bizarro reality show, en el cual (provenientes de todos los rincones de Rusia) se enfrentan magos, psíquicos, chamanes, brujas, hechiceros, videntes, quirománticos, tarotistas, merolicos, psicóticos y cualquier persona o cosa que posea “poderes sobrenaturales”, los cuales deben resolver una serie de desafíos haciendo uso de “sus dones o habilidades”.

El que utilice los recursos cómico-mágicos-musicales más extravagantes invariablemente se convierte en el favorito del público y casi siempre termina siendo el vencedor.

Yo sigo el programa y créanme que no tiene desperdicio. Es tan extraño y tan entretenido como lo sería meter en un mismo programa a Mhoni Vidente, el Brujo Mayor, Pedrito Sola, Julia Palacios, Madame Sassú, Laura de América, Martinolli, Belinda y al “Piojo” Herrera y ponerles pruebas que deben resolver utilizando sus súper poderes.

битва экстрасенсе Batalla Extrasentidos

Sin embargo, y aunque yo estaba feliz escribe que escribe, nuevamente por falta de originalidad mi idea n o logró cuajar y esa segunda versión naufragó.

Al grito de ¡la tercera es la vencida! Me dejé ir con todo para abordar el tema de los usos y costumbres de mi niñez haciendo hincapié en el aclamadísimo método de consultas que usaba mi padre para que -”democráticamente”- los miembros de su clan decidiéramos las disyuntivas en turno.

Es ahoya ya de ruco, que comienzo a sospechar que dichas consultas siempre resultaron medio chapuceras, pues en esos ejercicios de democracia directa familiar se votaba sobre asuntos tan dispares y “cargados”, que la inmensa mayoría de las veces, irremediablemente terminábamos perdiendo mi hermano y yo, puesto que estábamos en contra de los intereses del inquebrantable equipo conformado por mi madre y mis hermanas. Mi padre –que no podía ser juez y parte- astutamente se abstenía de votar, por lo que la hacía de Ciudadano Consejero.

Para ejemplificar el tipo de asuntos que se sometían a la consulta entre los Córdova valga este ejemplo:

  • “¡Que levante la mano quién vote por ir a ver luchar al Santo! Mi hermano y yo levantábamos la mano a favor.
  • Y ahora. ¡Levante la mano quién quiera que vayamos al Gran Bazar* a comprar todo lo que quieran: yogur, despensa, ropa, posters de Menudo!” (*el Gran Bazar era un súper mercado de referencia para quienes vivíamos al norte de la ciudad, y que fue muy popular allá por los años setenta y ochenta). Como era de suponerse, mi mamá y mis hermanas apoyaban esa propuesta.

Esa anécdota debería de servirme como pretexto para contar la traumática historia que viví en mi paso por la bellísima San Petersburgo, allá en el invierno de 2016: poseída –sin lugar a dudas- por el espíritu chocarrero de Rasputín o tal vez aconsejada por mi “democrático” padre, Irina tuvo la brillantísima (ojo, nunca dije gandalla) idea de someter a consulta la agenda de actividades de nuestro último día en la capital cultural de Rusia.

Es mi deber cívico decir que las probabilidades de que mi propuesta resultara la elegida eran tan remotas como esperar que Albertano gané algún día el Oscar. Las propuestas de esa histórica votación fueron:

  1. “¿Quién quiere ir a visitar el Palacio Moika*?” (*lugar celebre porque ahí se llevó a cabo la conjura para acabar con la vida de Rasputín). Yo a favor.
  2. “¿Quién quiere ir de shopping a Nevski Prospekt* y después pasar a tomar un rico chocolate y rosquillas típicas rusas al tradicional café Pyshechnaya para olvidarnos un ratito de los -18° que se sienten en la calle?” Elizavieta (para quienes no lo sepan, ella es la hija de Irina), Violetta (la sobrina veinteañera de Irina) Irina.

Ese día la aceitada maquinaria rusa implementó la mexicanísima “cargada” y se llevó el “carro completo”. Yo por mi parte, quedé vencido, traumatizado y con una sensación de haber regresado a mi infancia. No me culpen ni me vean feo si desconfío de todo lo concerniente a consultas populares y las democracias rusa y mexicana.

Así es como en esta cuarta versión llegué a la conclusión de que para conocer más del angelical Rasputín, lo mejor sería compartirles un interesante enlace que les prometo no los decepcionará: en ella, expertos en la materia ahondan en los matices del personaje histórico que fue el buen monje loco:

https://tinyurl.com/y95796sb

 

спасибо, до свидания! (Spasibo, do svidanya: Gracias. ¡Adiós!).

 

 

 

Imagen de ricardo.cordova

Ricardo Córdova Orta


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