Por Carlos Meraz

El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la Organización de las Naciones Unidas, instituido en 1948, sentencia: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Hoy, que el mundo no sabe qué hacer ni cómo responder ante un hecho insólito a consecuencia de la pandemia del virus SARS-CoV-2, autoridades estatales y organismos empresariales dan “palos de ciego” en búsqueda de establecer lo que llaman “nueva normalidad”, cuya última estulta medida para circular en espacios públicos me ha dejado literalmente sin palabras: ¡Prohibido hablar!

En tiempos de Covid-19, la necesidad de expresión no tiene cabida en lugares públicos, como el transporte subterráneo Metro y los centros comerciales o tiendas departamentales, por ejemplo. Yo pregunto: ¿Se estudia o se requiere de algún nivel de IQ para decidir la imposición colectiva de semejante aberración? Esto es “como pedirle a un oso que cague en el retrete”, como dijera desesperado el personaje del joven estadounidense Billy Hayes, juzgado ante la insensible y corrupta corte turca, en la película Expreso de Medianoche (Midnight Express, 1978).

Es inhumano que alguien nos prohíba hablar, ya sea por una hipotética “sugerencia” de la Organización Mundial de la Salud (OMS), del gobernante en turno o del Papa, y más si ya salimos a la calle con los aditamentos aprobados internacionalmente por las autoridades sanitarias: cubrebocas, manos bañadas hasta la llaga en gel antibacterial y esas esperpénticas caretas de mica que nos hacen pasar como soldadores o en el peor de los casos lámparas de pie; aunado a ello ahora no podemos ejercer nuestro sagrado derecho a decir lo que nos salga de la cabeza, el alma o los cojones.

Vamos a la realidad de quienes sí viajamos en el Metro y tenemos que salir de compras, ya sea por comestibles o alguna prenda. Esta medida para intentar volvernos autómatas “sanos y salvos” ¿se aplicará también con los vendedores ambulantes, merolicos consumados en soltar ráfagas de palabras en segundos o en los parlanchines vendedores del departamento de carnisalchichonería o de ropa y calzado para caballeros?

Un letrero de “guardar silencio” en un espacio libre de conversaciones no me invita a pasar a un sitio que reanuda operaciones, salvo que fuese estrictamente necesario, como lo es el transporte. Si antes el shopping era casi una experiencia catártica, hoy es algo verdaderamente insoportable. Eso no es reactivar la economía, pues son centros comerciales, no Tierra Santa o La Meca. Entiendo que se busque evitar aglomeraciones y posteriores contagios, pero con esa petición también se propicia que el posible cliente mejor visite sitios de venta online, con toda la calma del mundo y hablando hasta por los codos.

Lo siento por los establecimientos que sean obligados a acatar tan innovadora medida, pues serán desplazados por la creciente venta en línea: más práctica, segura, rápida e igual de gratificante, sin necesidad de aguantar que alguien nos impida ejercer nuestro derecho humano, legal y hasta divino de comunicarnos con quien mejor nos plazca. Eso es libertad.

En una democracia real, honesta y congruente todos acatan las medidas sin distinción alguna. Así que supongo que tampoco los políticos ya no podrán hablar en público (Bendito sea Dios, pues para lo que hay que oír), como tampoco, por ahora, un artista puede actuar ante una audiencia masiva. 

Quien ose hablar en algún sitio público, aunque traiga mascarilla protectora ¿será merecedor a alguna clase de multa, amonestación o falta administrativa?, ¿habrá una policía antihabla?, ¿será por tiempo de charla o por palabra emitida?, ¿qué palabras cuestan más y cuáles menos?, ¿se sancionará por igual al retórico que al soez?, ¿se aplica a cualquier idioma? y ¿está igual de restringido hablar con alguien, que hablar esquizofrénicamente con uno mismo o con Dios? Esas dudas me corroen, me quitan el sueño y, a la postre, me dejan sin habla.

He dicho... (silencio sepulcral).

Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz


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