Por Carlos Meraz

Tiempos violentos en México: Desde el primer día de 1994, el país se despertó en Año Nuevo con un levantamiento armado en Chiapas, con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) liderado por un misterioso encapuchado que se hacía llamar subcomandante Marcos. Justo cuando entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) entre México, Estados Unidos y Canadá, la flamante entrada formal a la globalización del gobierno del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari se veía opacada por una guerrilla indígena en una de las zonas más pobres del país. 

Luego, el 23 de marzo de aquel agitado año, Luis Donaldo Colosio, candidato del partido oficial a la presidencia, sería baleado y asesinado a sangre fría de un tiro en la cabeza en un mitin en Lomas Taurinas, en Baja California. El dinosaurio priista estaba tan herido, desesperado y al borde de la extinción que incluso ya hasta se comía a sus crías. Ni a Quentin Tarantino se le hubiera ocurrido un guión así, porque sólo aquí la realidad supera con creces a la ficción.

Tiempos violentos en el mundo: El líder del grupo Nirvana, Kurt Cobain, es encontrado muerto, el 8 de abril, de un aparente suicidio al volarse la cabeza con una escopeta tres días antes. Luego, el 1 de mayo, el piloto Ayrton Senna, tricampeón mundial de Fórmula 1, también bañaría con sangre su leyenda, en un accidente mortal en el circuito de Ímola, Italia.

Y para rematar Maluma, Justin Bieber y Bad Bunny dejaron de ser espermas descarriados para materializarse en recién nacidos y futuras estrellas de eso que ellos llaman música. Tampoco eso pasó por la delirante mente del enfant terrible de Hollywood.

Tiempos violentos en el cine: Lo que sí pasó por la cabeza de Tarantino fue cambiar para siempre la historia del cine hollywoodense con su segunda película Pulp Fiction (Tiempos Violentos), que hace cinco lustros se exhibía en el Festival de Cannes, de donde saldría cubierta de gloria con la Palma de Oro y él investido como el profeta del cine moderno que de un filme independiente de 8 millones de dólares hizo un insólito taquillazo de más de 214 millones de billetes verdes, que infló el bolsillo del otrora poderoso e influyente productor Harvey Weinsten. 

Con un ritmo trepidante, un inusual montaje fragmentado, ingeniosos diálogos —pletóricos de fuck, con 265 apariciones— y un asombroso manejo de referencias cinematográficas, que algunos definen superficialmente como plagio, Tarantino puso su nombre a un estilo de concebir el cine, bajo una estética pop, con humor negro, decadente y hasta desinhibidamente musical con escenas para la posteridad como la icónica secuencia del concurso de baile.

Hace cinco lustros, el freak políticamente incorrecto que aprendió cine detrás del mostrador en un videoclub se erigió también como el resucitador de la carrera actoral de John Travolta, cuya caracterización del sicario Vincent Vega no sólo lo sacó del olvido sino lo revitalizó con un personaje cool y posmoderno referente de la década de los 90, como lo fue en los 70 su interpretación de Tony Manero en Saturday Night Fever. El estilo tarantinesco de la ultraviolencia se patentó hace 25 años, al ritmo del surf de Dick Dale (Misirlou) y el twist de Chuck Berry (You Never Can Tell).

Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz


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