Por Carlos Meraz

El “lugar más hip de la ciudad más grande del mundo”, ese era Rock Stock. Un sitio que musicalizó las noches de una generación que se regó con barras libres, que de aperitivo tuvo palomitas de maíz y cenaba hotdogs, mientras gozaba de las mezclas del DJ con la programación de Rock 101 llevada al céntrico local, enclavado en el Paseo de la Reforma casi esquina con Niza, y con vista a la emblemática Glorieta de La Palma, en la otrora fashionista Zona Rosa.

Este bar que abrió el 19 de noviembre de 1987 como epicentro de la vida nocturna de los amantes del sonido de la “idea musical” rockcientoúnica, creada por el locutor radiofónico Luis Gerardo Salas, se inauguró con Bon y los Enemigos del Silencio y de ahí en adelante vio desfilar desde a Miguel Ríos, Miguel Mateos y Joaquín Sabina hasta Eric Burdon y The Romantics, así como a todas los exponentes del rock en tu idioma: Caifanes, Café Tacvba, Ritmo Peligroso, Santa Sabina y Kenny y Los Eléctricos, entre muchos más.

Diseñado como un almacén para el uso rudo de la salvaje fauna de noctámbulos y amantes de la música, Rock Stock, era la catedral de la música rock en México, a la que sus fieles devotos seguidores acudían desde los jueves “de chicas gratis”, hasta los viernes y sábados. En fines de semana memorables, pletórico de himnos musicales que se convirtieron en el soundtrack de aquel loft inspirado en los clubes underground neoyorquinos y londinenses.

Por aquel templo del rock decorado de nave industrial desfilaron canciones imposibles de escucharse en otros lados: Cuts you up, de Peter Murphy; Major Tom, de Peter Schilling, The whole of the moon, de The Waterboys, 10:15 saturday night, de The Cure; Enola gay, de OMD, The break up song, de Greg Kihn Band; Spirit in the sky, de Doctor & The Medics; I melt with you, de Modern English; I ran, de A Flock Of Seagulls y So alive, The Love And Rockets, por citar sólo algunas.

Sin olvidar los palomazos de algunos de sus famosos visitantes, como la banda británica The Outfield, que se subió al escenario para tocar con instrumentos ajenos sus hits Your love y All the love, o el argentino Charly García, que también hizo lo propio con Estoy verde (No me dejan salir) y un par de cóvers: Should I stay or should I go y Mixed emotions, de The Clash y The Rolling Stones, respectivamente.

El único pero, como siempre en los antros, discotecas o como les llamen ahora, era el cadenero, ese abominable filtro que de acuerdo a su “criterio” decidía quién no debía esperar ni hacer filas y quienes escucharían la música desde afuera, hasta que ya hubiese entrado la audiencia selecta y acorde a su estilo de gente idónea para ese pandemónium de la idea musical de Rock 101.

Afortunadamente eso no era impedimento para que todos entraran finalmente cada noche —que empezaba a las 22 horas y culminaba hasta las 4 de la madrugada— en ese edén del rock con ansiedad por el volumen, cuyo slogan alborotaba la testosterona: “Las chicas buenas se van al cielo... las malas van a Rock Stock”.

Para nostálgicos, de esos que le piden al tiempo que vuelva en esta era reguetonera, y para quienes deseen descubrir aquella experiencia nocturna que era Rock Stock, en noviembre próximo se reabrirá ese concepto, al menos por una noche que podría extenderse a otras más, en algún destino del sur de esta cada vez más caótica ciudad, para todo aquel deseoso de una buena dosis de música rockcientoúnica con “puro, total y absoluto rock & roll”.

Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz


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