Por Carlos Meraz

“Y una vez que la tormenta termine, no recordarás cómo lo lograste, cómo sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro que la tormenta ha terminado realmente. Pero una cosa si es segura, cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella. De eso trata esta tormenta”, Haruki Murakami.

Cuando conocí a Raymundo Gabriel me pareció un tipo engreído y como la apreciación era recíproca terminamos siendo, primero, cómplices de juergas, luego, una temida mancuerna de bebedores de cantidades industriales de alcohol y, finalmente, amigos en momentos difíciles, de esos en los que uno se percata que la popularidad no necesariamente está siempre acompañada de solidaridad.

La primera vez que lo vi fue en la incipiente década de los noventa en el Núcleo Radio Mil, en la oficina del director de Rock 101, Luis Gerardo Salas, durante una entrevista al gurú generacional del FM. En aquella época se hacía llamar El Agente Naranja. Un par de años el destino me llevaría a su oficina de responsable de música anglo en la compañía discográfica EMI, donde el flechazo de pedantería fue mutuo, y así conocí a uno de los melómanos que más admiro por su memoria musical y, posteriormente, en un ocasional encuentro nocturno en un antro: posiblemente Rock Stock, el viejo Bulldog, El Milán o Fixión, descubrí al juerguista más simpático e incansable.

Las salidas de fiesta se volvieron más frecuentes, con la constante de que solían arrancar cerca de la medianoche y terminaban después del amanecer. Por ello a esas maratónicas parrandas, de jueves a domingo y a veces prolongándose hasta el lunes —terminé denominándolas Raymundear— en las que eran indispensables las gafas de sol para esa sabinescas y “ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador”, que terminaron por ser parte de mi outfit, junto con la chaqueta de piel negra al estilo Tony Montana, camisa negra o t-shirt, jeans y botas Dr. Marten’s.

Su capacidad de socializar, bajo los efectos etílicos, rivaliza siempre con su megalomanía dotada de información ilimitada y un humor sarcástico, dosis inherentes a esas noches salvajes en medio de la fauna nocturna, a la que si no conquistas te acaba por devorar en ese pandemónium con la ansiedad por el volumen.

Ray nunca tuvo competencia como bebedor cosaco de la Cuauhtémoc, que siempre provocaba la huida de iniciados y consagrados de la vida nocturna. El alcohol era su mejor amigo en esa época, donde por el caudal de la convivencia corrían toda clase de aguardentosos destilados y explosivos cócteles que hasta hicimos propios, como el incendiario Lobohombo, una bebida que te convertía si no en dragón ya de menos en un tragafuego de semáforo.

De aquellas noches sin rumbo cuando fuimos jóvenes, atesoró una infinidad de anécdotas de la dupla que se bebía al mundo al ritmo del grunge, britpop, alternativo, clásicos ochenteros y del rock en español en los sitios donde hacíamos nuestra marcha madrileña en la Ciudad de México del fin del siglo XX y del incipiente nuevo milenio.

Hasta que, al cumplir 50 años, la vida cobró factura y un día después de su onomástico Ray despertó con la peor cruda de su existencia colmada de excesos: una ceguera por la aparición de la diabetes.

Él, que vivía de noche, paradójicamente se quedó atrapado en la oscuridad, hasta que descubrió a su verdadero amigo, y no me refiero a ningún barman sino a la incondicional Leticia, convertida en sus ojos y también en la conciencia para no dejarse vencer y reencontrarse con la claridad, esa que tanto necesitaba con urgencia, primero en el alma, y luego en la vista.

Hoy, Ray está mejor que nunca. De su enfermedad no queda ni rastro. Descubrió que su fugaz ceguera lo hizo ver lo mejor de la vida: la incondicionalidad y nobleza de sus amigos (Saiso, Claudia, Mayte, Diana, El Pollo, Daniel El Infancias y su “papá discográfico” Mario, son los que recuerdo), y al recuperar totalmente la visión aquilató el mensaje de Murakami en la novela Kafka en la orilla. El Raymundeo se detuvo, el destino le puso pause, pero el nuevo Raymundo Gabriel sigue adelante, con el botón de play de la vida pulsado a tope.

Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz


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