Por Carlos Meraz

La tremofobia es quizá el miedo irracional que más atemoriza a los capitalinos, sobre todo tras la paradoja de experimentar y sobrevivir al 19 de septiembre de 2017, que recordó otro desastre, el terremoto de 1985, con un descomunal sismo que volvió a recordarnos la fragilidad de nuestra existencia.

Ni el mejor apostador o el más acertado vidente hubieran imaginado que el movimiento telúrico se repetiría en la misma fecha 32 años después, con dramáticas escenas que parecían enterradas en la memoria.

Del pánico y las lágrimas se pasó otra vez al coraje y al voluntariado para desenterrar nuestro presente y edificar un futuro esperanzador, de una sociedad civil que unida en la desgracia es más fuerte y efectiva que cualquier gobierno que le toque, que cuando se organiza está muy por encima de las instituciones y que evidencia que cuando emerge el auténtico “pueblo bueno” se erige como ejemplo mundial del poder de la gente.

Hoy debemos recordar no los destrozos sino lo que se construyó en aquellos días de 1985 y 2017, cuando volvimos a ser una nación unida e invencible ante cualquier contingencia, cuando la solidaridad dejó de ser un slogan político para materializarse en ayuda incondicional, cuando todo lo que nos divide se olvidó para remembrar que a los mexicanos el sentido de humanidad ningún partido ni gobernante, como tampoco algún cartel o criminal nos la han podido arrebatar, solo que suele estar guardada para salir en esta clase de fenómenos, donde se ve, se respira y se siente una identidad y orgullo de ser mexicano que ninguna otra situación ofrece en esa magnitud.

LUCHA DE GIGANTES
Un día después del terremoto de 1985 pasé toda una noche levantando escombros y cascajo en el desaparecido edificio A1 del Multifamiliar Juárez, hasta donde me desplace con una legión de espontáneos con la esperanza de encontrar sobrevivientes, pero sólo desenterramos cadáveres —que terminaron cubiertos con cal para disimular el fétido olor de la descomposición—, algunos objetos personales para la identificación de las víctimas y unas cuantas piezas de valor que se apilaban en montículos bajo resguardo de militares asignados en lo que alguna vez fue un imponente y moderno complejo habitacional de la abatida colonia Roma, diseñado por el reconocido arquitecto Mario Pani y decorado con murales del artista Carlos Mérida.

En un receso para que las máquinas excavadoras levantaran pesadas columnas y bloques de cemento fui por un refrigerio —una inolvidable torta de sardina que hasta a un perro callejero le daría asco— a la cercana Escuela Primaria Benito Juárez, abastecida con alimentos para los voluntarios. En el trayecto, el otrora centro urbano fundado en 1952 parecía una espectral zona de guerra, de entre cuyos escombros recuerdo el edificio C3, colapsado con una sábana al frente que sentenciaba: “Aquí se encontraron los cuerpos de las pequeñas gemelas Martha y Claudia”.

Tras aquella jornada de extenuante trabajo físico sin éxito de rescatar alguna vida me dirigí con mi amigo Luis rumbo al Metro Centro Médico para regresar a casa totalmente cubiertos de capas de polvo, en el camino nos cruzamos con una encorvada anciana de mirada cristalina que deambulaba empujando un carrito del supermercado, del que sacó un Gansito, un Boing y un sándwich sin siquiera esperar un agradecimiento nuestro. Ese ha sido a la fecha el “desayuno” más conmovedor en mi vida.

Sin duda el temor a otro sismo está latente, se percibe en días como el 19 de septiembre, y aunque irremediablemente vendrá otra prueba más para demostrarnos que la tierra puede temblar, nosotros no debemos hacerlo, porque se podrán derrumbar los edificios pero los mexicanos siempre estaremos de pie, sabedores de que las ruinas que más calan son las de la indiferencia.

Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz


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