Por Carlos Meraz

De niño mis amigos del barrio me decían que tenía una nariz común... “¡como un tucán!”, mientras mi madre siempre intentaba consolarme preguntándome: “¿cuándo has visto a un inglés chato?”. Y al primer británico que recuerdo haber visto fue al mismísimo Rod Stewart, cuando el 9 de enero de 1979 se transmitió por televisión el concierto de la UNICEF en Nueva York, donde el narigón cantante apareció pavoneándose con su erizada melena de león y gracia de gacela en celo para interpretar su tema desinhibidamente disco Da Ya Think I’m Sexy?

Con un rango vocal, afilado con navajas de afeitar y un outfit de travesti hortera —chaqueta animal print con textura de leopardo, ajustadas mallas negras y unas ridículas botitas de corsario— atraparon mis sentidos y en ese momento tuve una epifanía: Descubriré su pasado, disfrutaré su presente y en el futuro algún día lo veré en vivo y hasta lo conoceré en persona. Después de todo, a los 11 años, soñar no cuesta nada.

Me quedé pasmado de ver a un extrovertido tipo más narigón que yo y con una colección de rubias explosivas que nunca podría conseguir si seguía traumado por tener una cara pegada a una nariz. Entonces entendí que de los supuestos defectos físicos hay que hacer virtudes y, además, aprender a reírte de ellos para que los demás no se burlen de ti.

Mi admiración —no confundir con fanatismo y ausencia de personalidad propia— por el otrora vocalista de The Faces se prolongó de la secundaria hasta la universidad, donde su música acompañó mi juventud, al grado que hoy día hay amigos que me han confesado que cada vez que llegan a escuchar sus canciones suelen recordar a este anónimo periodista narizón.

Cuatro años antes de empezar a ejercer el oficio periodístico, en mi era de estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, asistí a la apertura de conciertos internacionales en México, en aquel memorable concierto que Rod ofreció en el Estadio Corregidora de Querétaro, el 9 de abril de 1989.

Hace 30 años ir a un concierto de rock era una aventura, que empezaba al adquirir los cotizados boletos y luego viajar en una peregrinación, de 200 kilómetros durante tres horas, con tal de no perderse aquel “concierto que hará histeria”, organizado por la efímera empresa Art Beat Music, compuesta por unos jóvenes empresarios: el nieto de un expresidente, Miguel Alemán Magnani, y el actual dueño de Televisa, Emilio Azcárraga Jean.

El caos reinaba dentro y fuera del inmueble, al grado que era imposible trasladar al artista del hotel al lugar; salvo que fuera transportado en... ¡Una ambulancia! El mánager del rockstar vaticinaba un fatal desenlace y pedía la cancelación al ver a un público indomable reunido en un pandemónium. Mientras que Rod, contagiado por esa adrenalina que permeaba todo el Corregidora, replicó con una frase que resume todo lo que pasó antes, durante y después del concierto: “¡This is fuckin’ rock & roll!”.

Casi una década después logré entrevistarlo en persona en Los Ángeles en la promoción de su décimo octavo disco de estudio de 1998, When We Were The New Boys, en sus oficinas de Stiefel Entertainment Management en Hollywood y, posteriormente, lo vi actuar en directo en el Madison Square Garden en Manhattan.

Desde entonces he visto esa aristocrática nariz en ocho ocasiones. Una de ellas inolvidable, el 16 de agosto de 1997 en Londres, en el desaparecido Estadio de Wembley siendo cabeza de cartel de un festival llamado Songs & Visions.

Debo confesar que hasta ahora Rod Stewart se ha ganado mi respeto por mantener esa aguardentosa voz, por detener su reloj biológico para no verse de 74 años y, sobre todo, me ha ganado, por una nariz, cada vez que se atreve a preguntarle a su audiencia: ¿Crees que soy sexy?

Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz


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