Por Carlos Meraz

En alguna ocasión Bob Dylan sentenció: “La primera vez que oí la voz de Elvis Presley supe que nunca trabajaría para nadie y que nadie sería mi jefe. Oírle por primera vez fue como salir de la cárcel”.

Tal frase resume una rebeldía que inició con el Rey del Rock y su Jailhouse Rock y que ninguna prisión ha podido domar, pues, después de todo, para un rock star el camino hacia el éxito está pavimentado de excesos y de visitas al reclusorio. Ese es el rock de la cárcel.

Quizá para no olvidar su lado salvaje, las estrellas de rock han sabido cohabitar igual en una lujosa suite que en un fétido presidio, acusados de variados cargos que, para la sociedad, son actos reprobables y, para los fans, son sucesos memorables.

Por posesión y consumo de drogas han pisado las penitenciarias los integrantes de The Beatles, John Lennon, Paul McCartney y George Harrison, con sus respectivas esposas, por su fascinación hacia la mariguana; Sid Vicious, de los Sex Pistols, por heroína y Liam Gallagher, ex de Oasis, por cocaína; siendo Keith Richards, el guitarrista de The Rolling Stones, el “cliente frecuente” de celdas, calabozos y mazmorras, como él mismo se jacta, un sobreviviente a sus tantas adicciones como farmacia ambulante, y todo gracias a siempre consumir material exclusivo de “first class”.

Por faltas a la moral, desorden y agresión fueron detenidos Jim Morrison, acusado de comportamiento lascivo y exposición de sus partes íntimas durante un concierto de The Doors en Miami; el grupo The Who por destruir una suite en Montreal; los miembros de The Clash por robar una almohada de un hotel en New Castle; Izzy Stradlin, de Guns N’Roses, por orinar fuera del baño, decir palabrotas y fumar en una zona prohibida en un vuelo doméstico y Ricky Allen, de Def Leppard, por agredir a su esposa al obligarla a entrar al baño del aeropuerto de Los Ángeles y golpear su cabeza contra la pared.

En asuntos de delitos sexuales, el rock ha tenido dos grandes ejemplos de perdición hacia sus más bajas pasiones. El primero con el guitarrista Chuck Berry, acusado de violar a una menor en 1959 y 30 años después declarado culpable de invadir la intimidad, al instalar cámaras de video en los aseos de su restaurante en Missouri. Y el segundo sería nada menos que James Brown por intento de asesinato, con agravante de agresión, contra su mujer en 1988 y un mes depués por disparar en un hotel porque alguien había usado su baño privado,, por lo que pasó dos años tras las rejas. Al salir por libertad condicional sus primeras palabras fueron: I feel good.

Paradójicamente, Elvis Presley, la voz del Rock de la Cárcel, siempre fue un rebelde “políticamente correcto”, al menos para la justicia de EU, pues aceptó hacer su servicio militar y hasta se ganó una placa de agente honorario del FBI. Al contrario de otro rockero fichado por la policía, Axl Rose, de la banda de las “pistolas y las flores”, quien siempre cínicamente advertía que sin cocaína GNR no tocaría ni una nota musical, aunque el concierto estuviera abarrotado y de ahí surgió la legendaria frase y casi slogan del famoso grupo angelino: no snow, no show.

Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz


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