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Reseña de 'Street Fighter': acción, nostalgia y veredicto de la adaptación

Escena

'Street Fighter' llega a la pantalla grande en una reseña que analiza su acción, su nostalgia y las claves de una adaptación cinematográfica que busca convencer a fans y curiosos.

'Street Fighter' llega esta semana al cine. Foto: Paramount
'Street Fighter' llega esta semana al cine. Foto: Paramount

Por Alejandro Ávila Peña

“Push Start Button” se leía en la pantalla de inicio del clásico de peleas callejeras de Capcom, 'Street Fighter'. Para muchas generaciones, aquella pantalla inicial era apenas el comienzo de una aventura por un mundo repleto de fantásticos peleadores de todo el globo terráqueo: una bestia verde con poderes eléctricos; un hindú capaz de estirar sus extremidades como si fueran de elástico, o un karateka de vestimenta blanca y cinta roja en la cabeza que disparaba una bola de energía conocida como “Hadouken”.

Horas de diversión, alegrías, triunfos y derrotas fue lo que 'Street Fighter' entregó a generaciones enteras. A casi 40 años de su existencia, el título de peleas de Capcom continúa siendo un referente del género y demuestra que los guerreros callejeros siguen entre los favoritos del público a la hora de disputar frenéticos combates en cualquier plataforma de videojuegos.

Este fin de semana llega a las salas de cine la esperada adaptación de 'Street Fighter', un clásico de los videojuegos que traslada a la acción real el imaginario creado por Takashi Nishiyama y Hiroshi Matsumoto. La cinta, dirigida por Kitao Sakurai, cineasta conocido por su particular sentido del humor, es un combo de diversión, peleas frenéticas, humor ácido y una aventura que, en todo momento, intenta convertirse en una carta de amor a los juegos de peleas callejeras.

Con guion de Dalan Musson, Gary Dauberman y T. J. Fixman, la historia nos transporta a 1993, donde los distanciados Ryu (Andrew Koji) y Ken Masters (Noah Centineo) deberán volver a ponerse los guantes de batalla para participar en el misterioso torneo mundial de guerreros, que reúne a los peleadores más prestigiosos del planeta para disputar la gloria. Sin embargo, detrás de este evento deportivo se esconde un plan siniestro encabezado por el temible M. Bison, quien busca hacerse con un poder capaz de cambiarlo todo.

A partir de esta premisa, Sakurai construye un viaje lleno de adrenalina y emoción que apuesta por dos espacios narrativos: uno de acción real y otro compuesto por secuencias animadas que, como si de un anime se tratase, sirven para explorar el pasado de algunos personajes. Esta combinación de estilos hace que la cinta se sienta dinámica y, hasta cierto punto, propositiva. La película no concentra todo su espectáculo en los combates con actores reales; por el contrario, es en los pasajes animados donde encuentra una de sus mayores explosiones de emociones y una identidad visual que la distingue de otras adaptaciones de videojuegos.

La animación: el golpe más certero

Cada batalla, cada trazo artesanal y cada secuencia de acción animada son un deleite visual, potenciado por una paleta de colores vibrante y un trazado hipnótico que, por momentos, deja la sensación de que sería mejor ver toda la cinta en este formato. La animación no funciona únicamente como un recurso para contar los antecedentes de los protagonistas, sino como una extensión del universo de Capcom, capaz de recuperar la energía de aquellos videojuegos que marcaron a toda una generación.

La exageración de los movimientos, la intensidad de los enfrentamientos y la manera en que los personajes se desenvuelven dentro de este espacio permiten que la película encuentre una conexión directa con sus raíces. En estos segmentos, la acción adquiere una fuerza particular y las emociones de los guerreros encuentran una forma de expresión que no siempre alcanza su contraparte de carne y hueso. Hay una libertad visual que favorece el espectáculo y que permite comprender por qué la animación ha sido, desde hace décadas, uno de los terrenos más fértiles para trasladar las aventuras de Ryu y compañía a otras pantallas.

Es justamente esta dualidad visual la que juega un poco en contra del largometraje. Al estar planteada en dos espacios, uno animado y otro de acción real, resulta inevitable notar que el primero tiene un mejor control de sus recursos y un aprovechamiento más preciso de sus posibilidades. La animación se siente más fluida, expresiva y contundente, mientras que la acción real, aunque consigue momentos destacables, no siempre logra mantener esa misma intensidad.

Otra cosa que vale la pena resaltar es que la inclusión de estos segmentos animados consigue que, por momentos, uno se sienta dentro del universo clásico del videojuego. La propuesta no se limita a reproducir personajes, escenarios y movimientos reconocibles, sino que intenta recuperar las sensaciones de jugar 'Street Fighter', donde cada combate representa una oportunidad para demostrar habilidad, resistir los ataques del rival y encontrar el momento preciso para lanzar un golpe definitivo.

Esta decisión visual termina siendo uno de los mayores aciertos de Sakurai. No obstante, también evidencia una de las oportunidades desaprovechadas del filme: la posibilidad de que la acción real alcanzara la misma personalidad estética, el mismo dinamismo y la misma capacidad de transmitir emociones que sus secuencias animadas. La película tiene las herramientas para conseguirlo, pero no siempre sabe cómo aprovecharlas.

Peleadores que cobran vida

Por su parte, la acción real funciona bastante bien en algunos momentos, aunque en otros deja la sensación de que pudo aprovecharse mucho mejor. La adaptación de los peleadores es uno de los mayores aciertos del filme: Ryu, Ken, Guile e incluso Blanka lucen vibrantes e imponentes, con una caracterización que busca respetar la esencia de los personajes sin renunciar a las particularidades de una producción cinematográfica.

Jason Momoa, en la piel de Blanka, el guerrero de apariencia esmeralda, realiza un trabajo juguetón que logra captar con precisión el carácter bruto, impredecible, pero genuino del peleador eléctrico. Su presencia aporta una dosis de extravagancia que encaja con el espíritu de la franquicia y recuerda que parte del encanto de 'Street Fighter' siempre ha residido en su galería de personajes imposibles, cuyas personalidades y habilidades los convierten en figuras fácilmente reconocibles.

Por su parte, Andrew Koji encarna a un Ryu brutal, poniendo en evidencia que el honor e incluso el camino del bien están, en muchas ocasiones, acechados por la duda, la ira y el odio. Koji consigue dar vida a un personaje roto y carismático, pero que en todo momento conserva la esencia de un Ryu excepcional. Cada gesto transmite ferocidad y solemnidad, mientras que su interpretación refleja con acierto la lucha interna de un guerrero que debe enfrentarse tanto a sus adversarios como a sus propios demonios.

El actor construye un protagonista que no se limita a repartir golpes, sino que carga con el peso de sus decisiones y con las contradicciones de quien busca mantenerse fiel a sus principios en un mundo que constantemente lo pone a prueba. En ese sentido, Ryu encuentra en la interpretación de Koji una dimensión humana que ayuda a sostener el relato, incluso cuando la película pierde el rumbo entre tantos enfrentamientos y situaciones que buscan sorprender al espectador.

Por otro lado, Noah Centineo también realiza un trabajo atinado como Ken Masters. Su interpretación da vida a un peleador más juguetón, impulsivo y carismático, cuya personalidad reluce en cada una de sus escenas. Centineo aporta un carácter magnético a sus diálogos y combates, además de establecer un contraste interesante con la solemnidad de Ryu. La dinámica entre ambos permite recuperar una de las relaciones más importantes de la franquicia: la de dos guerreros unidos por su pasado, pero separados por sus decisiones, sus inseguridades y la manera en que cada uno entiende el combate.

El resto del elenco también sale bien parado. Cody Rhodes logra construir un Guile que, en algunos momentos, se adentra en la parodia de los héroes de acción clásicos de la década de los noventa. Su presencia contribuye a ese espíritu desmesurado que la película intenta recuperar, aunque su interpretación también evidencia los riesgos de llevar demasiado lejos el tono caricaturesco. Por su parte, Callina Liang, quien da vida a Chun-Li, ofrece secuencias de acción vibrantes y emocionantes, demostrando que el personaje tiene suficiente fuerza para destacar dentro de un reparto tan amplio.

En conjunto, los actores consiguen que el imaginario de Capcom cobre vida y que los aficionados encuentren en pantalla a buena parte de los guerreros que acompañaron sus tardes frente al televisor o en las máquinas recreativas. El problema es que la película parece más interesada en presentar a todos sus personajes y explotar sus particularidades que en concederles el tiempo necesario para desarrollar sus historias.

Un espectáculo entre la nostalgia y el absurdo

La manera en que Sakurai eleva la épica y el espectáculo es uno de los puntos más sólidos de esta entrega. Se debe mencionar que el imaginario de 'Street Fighter' es trasladado de una manera formidable: las técnicas especiales, los atuendos e incluso algunas arenas de combate aparecen en pantalla con una adaptación que busca respetar la identidad del material original. El cineasta recupera la exageración de los videojuegos con bastante precisión y consigue que la aventura se sienta divertida, colorida y, en buena medida, fiel a aquello que convirtió a esta franquicia en un fenómeno mundial.

Las coreografías están bien diseñadas y permiten reconocer los estilos de combate de los personajes. Cada enfrentamiento, ya sea en un sauna, dentro de una habitación o en plena calle, despierta la sensación de que aquellas arenas que alguna vez vimos en la pantalla del televisor o en una máquina recreativa ahora se encuentran frente a nosotros, amplificadas por la dimensión de la pantalla grande. Los golpes, las patadas y los movimientos característicos recuperan parte de la espectacularidad del videojuego, mientras que la puesta en escena busca transmitir el peso de cada impacto.

En sus mejores momentos, la cinta entiende que adaptar un videojuego de peleas no consiste solamente en reproducir sus personajes y técnicas, sino en trasladar la experiencia de enfrentarse a un rival, anticipar sus movimientos y encontrar una oportunidad para ejecutar un ataque decisivo. La acción consigue, por momentos, esa sensación de estar ante un combate en el que cada movimiento puede inclinar la balanza. Es ahí donde la película demuestra su potencial y encuentra una conexión directa con los seguidores de la saga.

Sin embargo, Sakurai también intenta ir más allá al incorporar escenas cómicas, absurdas y cargadas de una ironía que, en mayor medida, no termina de funcionar. La película parece empeñada en construir una identidad basada en el disparate, como si llevar al extremo las situaciones y los personajes fuera suficiente para provocar carcajadas. El resultado es irregular: algunas ocurrencias pueden conectar con quienes disfrutan de la exageración de los juegos, pero otras interrumpen el ritmo de la historia y terminan por debilitar momentos que necesitaban mayor seriedad.

Esto genera la sensación de estar ante una película que pretende encontrar su personalidad en el absurdo, pero que no termina de convencer. Varias escenas no producen las risas esperadas y tampoco consiguen consolidar una sátira efectiva de los héroes de acción o de los códigos del cine de artes marciales. La cinta parece no decidirse entre abrazar por completo la extravagancia de sus personajes o tomarse en serio sus conflictos, y esa indecisión provoca que algunos pasajes pierdan fuerza.

El problema no es que 'Street Fighter' sea exagerada, pues esa exageración forma parte de su esencia. El inconveniente está en que no siempre distingue entre el humor que surge naturalmente de sus personajes y aquel que parece añadido para recordar al espectador que todo debe tomarse a broma. En consecuencia, la película pierde oportunidades de construir una identidad más consistente, capaz de equilibrar la comedia, la acción y los momentos dramáticos sin que una dimensión termine por sabotear a la otra.

A esto se suma una narrativa que intenta abarcar demasiado. El espectáculo de 'Street Fighter' entretiene, pero no termina de convencer; queda la sensación de que Sakurai quiso incluir todo lo posible de la franquicia en una sola cinta y que, al final, varias líneas narrativas se sienten apresuradas o poco desarrolladas. El torneo, que debería funcionar como el eje central de la historia, comparte espacio con múltiples conflictos, personajes y situaciones que compiten por la atención, sin que todos encuentren una resolución satisfactoria.

El camino del guerrero no siempre conduce al triunfo

Lo cierto es que, más allá del espectáculo visual, Sakurai intenta conversar con el espectador a través de una historia que transita por temas como hacer el bien, seguir la senda de lo correcto y no apartarse del camino. “La envidia es el camino del odio”, menciona uno de los personajes, una frase que evidencia el interés de la película por explorar las contradicciones de sus protagonistas y mostrar que incluso quienes buscan hacer lo correcto pueden sucumbir a emociones como la ira, los celos y el resentimiento.

Bajo esa perspectiva, la aventura no pretende ser únicamente una sucesión de combates, sino también un recorrido por las inseguridades y las fragilidades de quienes se enfrentan en el torneo. Ryu y Ken representan dos maneras de lidiar con el pasado y con las expectativas que los demás depositan en ellos. Sus conflictos sugieren que la fortaleza de un guerrero no depende exclusivamente de su capacidad física, sino también de su voluntad para reconocer sus errores y confrontar aquello que lo aleja de sus ideales.

La intención es interesante y aporta una dimensión adicional a la historia, pues permite recordar que detrás de los personajes emblemáticos de los videojuegos también hay seres que experimentan ansiedad, frustración, esperanza y miedo. No obstante, estas ideas no siempre encuentran el espacio necesario para desarrollarse. La acumulación de situaciones, los cambios de tono y la prisa por avanzar hacia el siguiente enfrentamiento impiden que algunos de los conflictos emocionales alcancen la profundidad que la película parece buscar.

'Street Fighter' es una adaptación precisa de este clásico de peleas, una aventura que consigue hacer sentir cada golpe, cada K. O. y cada Perfect a través de una propuesta visual que intenta capturar la grandeza de sus guerreros. La fotografía, los encuadres cercanos y la atención a los rostros permiten apreciar las heridas, el desgaste físico y la determinación de los combatientes, elevando por momentos la sensación de estar ante enfrentamientos en los que se juega mucho más que una victoria.

Lo cierto es que, si bien la película logra ser un acierto en su intención de recuperar el espíritu de la franquicia, está lejos de convertirse en la versión definitiva de esta saga en la pantalla grande. Su mayor virtud consiste en comprender el atractivo de sus personajes, sus movimientos y su universo visual; su principal debilidad, en cambio, radica en no conseguir que todos esos elementos formen parte de una historia sólida y de un tono verdaderamente consistente.

La adrenalina está ahí, los personajes tienen presencia y las secuencias animadas demuestran que existe una manera estimulante de trasladar el universo de Capcom al cine. Sin embargo, las inconsistencias narrativas, el humor irregular y el desarrollo apresurado de algunos conflictos impiden que la cinta alcance ese Perfect que tanto busca. Al final, 'Street Fighter' ofrece una experiencia entretenida, cargada de nostalgia y golpes espectaculares, pero también deja la sensación de que todavía hay margen para conseguir una adaptación que esté a la altura de la leyenda de estos guerreros callejeros.La adrenalina está ahí, pero hay inconsistencias en la narrativa, y en el tono que hacen que la cinta no termine por ser ese perfect esperado.

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Alejandro Ávila