Port Aranxa Albarrán Solleiro / Confesiones de turista

Una hora de espera para abordar un ferry con destino a una de las ciudades soñadas. Un sol destellante nos despertaba con seguridad después de un largo día de conferencias dadas en la Universidad de Buenos Aires. Cinco de la mañana a bordo de un taxi con destino a la terminal. A lo lejos un graznido de aves cerca del puerto, amedrentaba los oídos de cada uno de los que ingresábamos.

El corazón por fortuna, se sentía latiendo con una fuerza envidiable. Desde pequeña, los libros y los poemas de Benedetti me habían acompañado, no podía perdonarme tener tan cerca su ciudad natal y no visitarla. Rebeca, mi mejor amiga y una de las investigadoras más sobresalientes de nuestro país, la Doctora Serrano, fueron las mejores acompañantes. Al llegar al área de aduana, el chequeo y revisión parecían igual de agotadoras que la de un aeropuerto, prácticamente los mismos filtros de seguridad pero con menos máquinas estilo futurista que escanean el cuerpo y equipaje lanzando colores fluorescentes en una pantalla.

A mis ojos y alma, la visita era una ecuación matemática donde no funciona la lógica pura, donde todo se mezcla y al lector-turista-espectador de Mario, le cuesta entender dónde se encuentran los límites. Imposible, después de leer su obra, pensar en la ciudad y en él como entidades individuales.

Casi tres horas después de un trayecto inundado de turistas en los tres niveles del transporte acuático, pusimos pie en la terminal que parecía un cuento: un reloj en el centro anunciando la hora, pantallas digitales dibujando los andenes, los destinos, las partidas y llegadas. Todo era un azuzo ideal para lanzarse ávidamente a explorar lo que la ciudad de dictaduras devastadoras y de una sociedad diluida en gritos callados, decía en cada una de las paredes.

Nuestro primer encuentro: “Ciudad vieja”, la zona donde se perciben y se palpan sin querer, un bombardeo magno de los daños heredados de la dictadura, las calles, casas y edificios se asemeja a una Habana donde todo parece olvidado, mas no muerto. Es una analogía a la sabiduría de un anciano y un difuminado de elegancia y decadencia.

El recorrido iniciado desde aquí, pasa de manera obligatoria por el mercado del Puerto y puntos clave de la capital uruguaya, esa capital única con sabor a provincia, como la Plaza Matriz, donde se concentran restaurantes y puestos ambulantes. La calle Sarandí, la peatonal por la que todo pasa o los cafés preservados en el tiempo donde se reunía la intelectualidad uruguaya del momento, como el café Brasileiro hoy reconvertido bajo el nombre “Big Mamma”, en el que el escritor pasó tantas horas de su vida escribiendo precisamente esa novela central de su obra (La Tregua).

Al salir de ahí, los pasos de nuestros pies nos llevaron a una avenida arbolada donde todo parece espectacular y sin dolor vivido, una especie de Buenos Aires en miniatura pero con un olor y textura diversa. Se presenta de inmediato el Teatro Solís del cual su belleza es digna de sentirse anonadado y el cual le da la bienvenida a la Plaza Independencia donde Mario me decía: “a una muchacha el viento le levantó la pollera (falda). A un cura le levantó la sotana. ¡Jesús, qué panoramas tan distintos!” La Plaza Independencia, donde vigila imponente la estatua ecuestre del héroe patrio, el general José Gervasio Artigas, resulta imposible no ver en una de las esquinas el que fue en una vez el edificio más grande de Latinoamérica, de estilo art déco ecléctico: el Palacio Salvo.

Le sigue la Avenida 18 de julio, donde se fraguó la primera constitución del país y donde Mario comentaba risueño que andar por aquí es como caminar por el patio familiar porque da la impresión de que todos se conocen, y sí.

De un poema llamado “Referencias” nos movimos cautelosamente hacia la Rambla, todo se tornó en un espacio donde el tiempo puede detenerse sin que uno se dé cuenta. Olor a marihuana por un lado y por el otro, jóvenes tomando mate sin presión de lo que traiga la vida. Es un sitio íntimo entre la urbe y el espíritu de uno.

Abrí mi libro de recuerdos por un momento, todo sigue intacto como la prosa y los versos del escritor. Las palabras mientras tanto, me recitan “espero”:

“Te espero cuando miremos al cielo de noche:

tu allá, yo aquí, añorando aquellos días

en los que un beso marcó la despedida,

quizás por el resto de nuestras vidas.”

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