Por Carlos Meraz

La música amansa a las bestias, sentencia la leyenda de Orfeo, poeta y músico griego que poseía un canto y una forma de tocar la lira que aplacaba a las fieras.

Eso al menos pasaba en la mitología porque en la actualidad hay un género musical cuyos efectos son inversamente proporcionales a los del hijo de Apolo, pues con su ritmo sincopado, el reguetón puede hacer de un Homo sapiens un Neanderthal, un animal salvaje contagiado de rabia y acéfalo por gusto propio.

Al redactar este texto contra ese monótono sonido pensé qué tanto valía la pena escribir sobre un estilo en boga tan básico y repetitivo hasta el hartazgo, como el reguetón, que, dicho sea de paso, considero una auténtica tortura auditiva, pero como actual fenómeno de masas es un tema interesante y digno de abordarse, ya que por sus obvias características marca el ritmo de una involución lírica y sonora a niveles de la era del hombre primitivo.

Su carga sexual, en la que se fincan sus letras, no está exenta de un baile acorde a la rítmica: el llamado perreo (twerking o booty dancing), donde los precoces danzantes —que van desde adultos y jóvenes hasta adolescentes y niños— simulan la copulación con lascivas y torpes “coreografías” que recrean posiciones sexuales, en una suerte de juego de apareamiento donde los previos juegos de seducción son innecesarios y por ende inexistentes.

Más allá del “buen gusto” de alguien cuyos oídos no se educaron en la fila de la tortillería o con la ruidosa grabadora del señor que vende el pollo, lo verdaderamente deleznable son sus letras sexosas, no sexuales y a millones años luz de aspirar a ser eróticas, y, sobre todo, sus odas machistas y de violencia de género, donde la mujer no es la musa sino una hembra a la que hay que montar y domar al beat impuesto por sus populares cantantes, llámese el boricua Daddy Yankee, el colombiano Maluma o el exponente del trap, el inefable Bad Bunny, todos con alias, como si se tratase de una pandilla.

La estética hortera de este estilo musical, no nacido sino abortado en Panamá a medidos de la década de los 70, es ausente de lírica al regirse por letras de una obviedad casi insultante y una simpleza digna de un párvulo, que al escucharlas no sabe uno si reír o llorar, al soportar un auténtico suplicio sonoro creado por “artistas” cuya aportación a la música es tan “invaluable” como la contribución a los derechos humanos de Donald Trump.

Los partidarios del reguetón o reguetoneros abogan que sus canciones cumplen con su cometido hedonista en fiestas donde sus “sofisticados” bailes, pletóricos de letras que hacen apología del crimen organizado y la degradación femenina, ofrecen un contenido pobre, vulgar y sexualmente explícito. “Poesía de analfabetos”, así definió el elocuente cantautor español Joaquín Sabina a esa plaga que ha contaminado la radio, que contagió a algunos cantantes desesperados por recuperar sus warholianos minutos de fama y a un público que repite sus coros, que no quiere pensar sólo perrear con las hembras del barrio.

La pregunta no es qué ha hecho el reguetón para erigirse como un sonido omnipresente, sino que han dejado de hacer otros estilos musicales masivos, como el rock y el pop, para ausentarse de la palestra musical. Todos los géneros populares, sin excepción, siempre han surgido de los círculos más marginales y discriminados, pero como cultura musical, por ejemplo, el hip-hop. Así que criticar a los reguetoneros no es una cuestión clasista sino de calidad, porque si no evoluciona en mensajes que dejen atrás los contenidos misóginos y silvestres para aplicarse en propuestas sonoras más complejas y variadas, dejará de ser moda, pasará al olvido y terminará condenado a la extinción, como aquel sonido de cuando fuimos bárbaros.

Lo que hay que leer.

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José Carlos Meraz Díaz


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