Por Carlos Meraz

Cuando, el 21 de octubre de 1991, se lanzó The Fly, el primer single del esperado séptimo álbum de U2, Achtung Baby, que saldría a la venta un mes después, al escucharlo la primera vez pensé: ¡Qué diablos es esto... Bono enloqueció, se olvidó del rock y está cavando la tumba de la banda irlandesa!”.

De tocar el cielo con su aclamado disco The Joshua Tree (1987) a las profundidades del infierno, con un sonido postindustrial y desinhibidamente dance que parecía el principio del fin, con un cantante con voz de eunuco en medio de una distorsión auditiva. Una composición si no para el ocaso del mundo sí para la alineación dublinesa, que anteriormente por fin parecía haber encontrado el estilo para conquistar el país de las barras y las estrellas en su grabación Rattle And Hum (1988).

Pero lo que parecía el sonido del Apocalipsis de U2 se convirtió en su Evangelio, en su resurrección al tercer día. Una obra de arte, conceptual y, sin duda alguna, su mejor álbum, el más difícil de digerir y también el más conceptual hasta la fecha, y no sólo por ser arriesgadamente experimental sino por qué construyó las bases para la reinvención de un nuevo U2.

Como dijo Bono alguna vez, al definir a su obra maestra musical: “’Achtung Baby’ eran cuatro hombres talando el árbol de Joshua”.

Dos años después de la caída del Muro de Berlín, Achtung Baby se inspiró en la reunificación alemana y hasta allá viajaron Bono y compañía para grabarlo en los Estudios Hansa de la capital germana, donde se influenciaron de esa cultura en la cual se sumergió David Bowie en la década de los 70 y hasta decidieron trabajar con el artífice de la trilogía discográfica berlinesa del camaleónico británico, el productor Brian Eno.

La tesis del teórico y visionario filósofo canadiense Marshall McLuhan sobre la aldea global, en una futurista sociedad de la información que privilegia los medios electrónicos y donde “el medio es el mensaje”, fue la base del disco y de su vanguardista gira. U2 sentenciaba en The Fly: “Watch more TV”, en un videoclip con un bombardeo de imágenes mientras en el mundo estallaba la Guerra del Golfo y ellos cantaban: “Cada artista es un caníbal, cada poeta es un ladrón”.

Bono acuñaría el término que daría nombre a su más grande y ambicioso tour: el Zoo TV, un provocador concepto multimedia para una sociedad consumista y deshumanizada, con una ráfaga de contundentes mensajes subliminales aleatorios: “Todo lo que sabes está mal”, “El gusto es el enemigo del arte”, “La religión es un club”, “La ignorancia es felicidad”, “La rebelión está preenvasada”, “Arte es manipulación” y “El mundo es tuyo, lo puedes cambiar”.

“’Zoo Station’ son cuatro minutos de una televisión que no está sintonizada en ningún canal, muestra lo que sucede cuando se vuela por la estratosfera en la noche. Imágenes de televisión por satélite, el tiempo, el canal de televenta, anillos de diamantes cúbicos de circonio, programas religiosos, teleseries”, comentó el artífice del sonido de U2, el guitarrista The Edge.

El cuarteto irlandés enloqueció con una sorprendente puesta en escena de corte multimedia, con 36 monitores de video, cámaras de televisión por doquier, 11 Trabants (automóviles compactos de la Alemania Socialista) suspendidos sobre el escenario y una serie de decadentes personajes creados por el showman Bono: el arquetípico rock star postmoderno en The Fly, el vaquero galáctico que parodiaba a los telepredicadores The Mirror Ball Man y el insolente, egocéntrico y decadente Mr. MacPhisto.

El caos y la globalización ya tenían su banda sonora, por cortesía de U2, con un relato audiovisual de la manipulación informativa, un despliegue tecnológico y una maquinaria con una apabullante precisión alemana, “sin moscas en el pastel”, bueno solo una, la del moscardón y envolvente sonido de The Fly.

Lo que hay que leer.

Imagen de jose.meraz

José Carlos Meraz Díaz


Importante: Este contenido es responsabilidad de quien lo escribe, no refleja la línea editorial del Diario de México