La literatura que se escucha
Por Aarón Cruz Soto
Cuando era niño, escuché innumerables veces el programa de Francisco José Gabilondo Soler, mejor conocido como Cri-Cri. Mis padres habían comprado una serie de casetes que recopilaban su famoso programa; esos cuentos llenos de onomatopeyas que, con el tiempo, fueron muriendo junto con la radio a la par del auge del MP3 e internet.
Pero, cuando parecía que la multimedia estaba matando a la radio, el nacimiento de los pódcasts hizo resurgir todos esos géneros sonoros. Ahora, a diferencia de la era de Gabilondo Soler, no se necesita un gran estudio, sino que es posible producir todo desde una computadora y con un micrófono comprado en China.
Esta revolución del audio hizo regresar las audionovelas, los dramas, las crónicas sonoras y las tertulias donde las personas solo platican de manera espontánea; un género que ha cobrado auge en la comunidad del pódcast en los últimos años. Aunque durante un tiempo fue bastante ignorado, el retorno del audio ha sido sorprendente, situación que hizo que la industria editorial tomara nota y que nuevas editoriales empezaran a adaptar sus clásicos y autores actuales a formatos de audio.

Este paso, creo, era el natural y el más fácil de todos, pero me sigue sorprendiendo la incapacidad de muchos autores para concebir que el soporte desde el cual se accede a su poesía o narrativa posiblemente ya no será leído, sino escuchado. Puede sonar un poco radical y un contrasentido, pero no veo impedimento para pensar que, cada vez más, la literatura tendrá que apelar a su sonoridad si piensa impactar a los grandes públicos, más que a su capacidad de innovación en el formato de la página.
Hace unos días entrevisté a Mónica Lavín a propósito de la publicación de su audiolibro Capítulo Uno, sobre sus inicios como escritora. Ahí, la autora realiza un "experimento sonoro" donde revisita sus libretas de juventud y reconstruye su propia historia.
Lavín cuenta cómo una libreta de 1972, escrita a los 16 años, fue la brújula para reencontrarse con la adolescente que ya construía mundos sin saberse escritora. "En las páginas de un libro están coagulados años, experiencias, secretos y jirones de uno mismo", contó. Pero puede que, sin quererlo, también haya revivido el sonido de aquel tiempo al reproducir las palabras de entonces: una literatura que se escucha más de lo que se lee.