Por Ricardo Ortiz

Antes de empezar su presidencia, Andrés Manuel López Obrador se comprometió a que el país cambiaría de arriba hacía abajo y no habría corrupción o robos, lo prometió y lo perjuró en distintas entrevistas. La gente en cierto modo se lo creyó o pensó que el efecto López Obrador sería clave para que todo cambiara desde el 1 de diciembre de 2018. Cualquiera que utilice el sentido común, entiende que esto era imposible, pero por alguna u otra razón ese efecto bloqueó la realidad de millones de mexicanos.

El presidente sabía que hacer todas estas declaraciones sería algo peligroso para su presidencia y el futuro de Morena en la política mexicana. Sin embargo, el cansancio del PRI/PAN y el hartazgo de la corrupción que generaron ambos motiva a Morena y a sus funcionarios a utilizar estrategias para que la gente crea que ellos son diferentes a los demás, pero la realidad nos dice que no son diferentes, sino sólo son los mismos individuos, pero en un partido político que se hace llamar “la esperanza de México”. 

El Gobierno federal vestido de color morenista y el jefe del Ejecutivo federal al ver que las cosas no estaban saliendo como ellos querían, intentaron ejecutar una estrategia que fuera creíble y que no los comprometiera al alza de homicidios, inseguridad, baja en la economía, la crisis de Pemex o cualquier problema que estuviera relacionado con ellos: culpar al pasado y a los corruptos del PRIAN.

En efecto, fue “creíble” hasta cierto punto culpar al pasado el primer mes o el segundo, pero ya para el tercero o cuarto, la estrategia obradorista no ha estado funcionando del todo; ya se entiende que a seis meses de gobierno la responsabilidad es de AMLO y de su equipo de trabajo, no de Calderón o Peña Nieto. 

El inmaduro Gobierno federal se encuentra ya en un laberinto que no tiene una salida, se mete cada vez más a una profundidad en donde las mentiras y desprestigiar al pasado no son creíbles ni para los mismos seguidores del oficialismo y ni para los críticos u oposición. 

En ese laberinto se enfrascan temas que hacen más difícil buscar una salida: el desbasto de las medicinas por la “corrupción”, la producción de petróleo a la baja (un millón 663 mil barriles diarios, la cifra más baja desde diciembre de 1979) , las malas decisiones en Pemex que le están costando a la paraestatal malas notas por parte de calificadoras internacionales, la promesa de bajar la corrupción y meter a la cárcel a los “peces gordos”; la inseguridad que lleva más de 17 mil muertos en los primeros 6 meses de gobierno; un baja del 88% en creación de empleos formales en el mes de mayo (datos del IMSS), etc.

De igual manera, la difícil relación que tiene México con EU ha sido factor para que el laberinto tenga muchos obstáculos. Donald Trump se ha hecho cargo de tener bajo una constante amenaza al Gobierno federal, y por ende, México se tuvo que comprometer a cosas que en mucho tiempo no se habían visto: ser “ahora si” un muro humano y un Tercer País Seguro de facto. 

Los pronósticos de crecimiento en muchos casos no suben ni  al 1.9% y en los próximos tres años no se prevé que se crezca al 4% como quiere AMLO. 

El laberinto también se ha hecho más difícil gracias a las decisiones tercas del presidente y sus caprichos en cancelar el NAIM y querer construir una refinería que está situada en un pantano y con pocas probabilidades de tener éxito. Seamos sinceros, el mismo laberinto se ha desconfigurado gracias a su creador, no al pasado.

El haber firmado el Pacto de Marrakech y creer que abrir las puertas de las fronteras sería una buena opción, resultó ser un problema que ha agravado a la política exterior e interna de México.

Ahora con el problema de tener que frenar a los migrantes que vienen de Centroamérica, deportarlos o mantenerlos con programas sociales en México, ha sido una problemática que parece contar ya con un plan, pero en el fondo no se sabe si será positivo o llevará a un caos a todo el norte del país.

Los escándalos del “apóstol” de la iglesia la Luz del Mundo, los constantes problemas; ridículos que hacen funcionarios públicos de Morena y las investigaciones de posible corrupción están llevando al presidente a no tener una salida.

En efecto, todos los gobiernos anteriores tuvieron escándalos y cuestiones bastante difíciles, pero nunca se había visto a 6 meses de empezar un gobierno que todo se estuviera yendo por un barranco.

El laberinto no tiene por el momento una salida con una luz como en los videojuegos, parece ser que todo está en la obscuridad y no hay una estrategia “bien” planeada para buscar eso que tanto necesita el Gobierno federal.

Creo yo, que la única salida por el momento sería cancelar Dos Bocas, reanudar el NAIM y  darle “de verdad” confianza al empresariado mexicano para que esté dispuesto a invertir en el país.

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Ricardo Ortiz Esquivel

Opiniones de política internacional y mexicana.

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