Los escalofriantes pasillos del Mercado Sonora, una historia inaudita 

Además de ser el lugar donde los comerciantes capitalinos y de diversas partes del estado acuden a realizar sus compras, es también el sitio que tiene gran fama cuando de experiencias anormales se trata, principalmente entre sus últimos pasillos donde aseguran, suceden cosas paranormales. 

El mercado Sonora es un lugar popular donde comerciantes suelen acudir para surtir sus negocios, se encuentra a las afueras del metro Merced, es una construcción que no pasa desapercibida para quienes transitan en la zona.  

Se conforma por nueve pasillos dedicados a la venta de alfarería y cerámica (1 y 2), cerámica (3), decoraciones, dulces; juguetes, disfraces, artículos de temporada (4, 5, 6 y 7); misticismo, hechizos, limpias, lectura de cartas (8 y 9) y el anexo de hierbas y plantas (al final de los pasillos 7, 8 y 9).

El siguiente relato es sobre la experiencia de un hombre, cuyo nombre real prefirió mantener en el anonimato. Él trabajaba de noche en el ´terrorífico escenario de la oscuridad´ cuando, aparentemente, los pasillos del mercado se vaciaban por completo. 

Una experiencia inaudita en el Mercado de Sonora 

Algo que nos pasaba en la noche cuando trabajábamos por acá era que, pues normal, llegamos a las 7 de la noche, de ahí se vaciaban todos los pasillos; todos. Había veladores que cuidaban el mercado y nosotros normal. Sacaba mi herramienta en el pasillo y mi otro amigo se quedaba arriba haciendo lo otro. Y luego él decía 

 – ¿Qué pasó? ¿Qué dijiste? – Y me gritaba. 

– ¿Qué pasó? Respondí.

– ¿Estabas aquí en medio?

– No, si estoy acá abajo y se escucha el ruido.  

– mmm escuché que me estabas hablando.

– No, si yo estaba abajo, dije.

Y me ponía mis orejeras para no escuchar tanto ruido de la cortadora y como que me aventaban cosas o volteaba al pasillo y veía que pasaba alguien y pues yo siempre decía, pues es el velador. Pero lo raro es que los veladores no se daban el rondín a cada rato, nada más a las 10:00 y a las 12:00 (de la noche, por supuesto), entonces a veces eran 11:00 o 9:30, 9:00 y acá se escuchaban los animalitos moviéndose. 

O se escuchaba como te aventaban piedras, o el aire, así como cuando abres el refri, frío, frío, frío y de repente ya normal, entonces si hay algo ahí. Porque pasa gente, pero no ves si lleva chamarra, falda o pantalón, con gorra o no. Nada más como que ves, a una persona totalmente de negro o como de azul, pero es ilógico que sea el velador. 

Pero yo siempre, me convencía y me decía – pues David, es el velador–  para que no me diera miedo. 

Y también se veía más espeluznante porque en el basurero ibas y como ahí tiran muchas cosas, hierbas, hay hierbas frías y calientes y más varias cosas que ya están en el basurero, se escucha como que algo se está cociendo como “shhshhh”y sale el vapor. 

Y yo le decía al del basurero. – Oiga, ¿por qué se oye, así como que algo se está cocinando? – 

– No manches, tocayo, pues se está cocinando–.

– Y yo, de ¡ah, no manches, a las 2:00 de la mañana! Y le digo – Pero cómo, no te entiendo –.

– Sí, es que es toda la hierba y lo que tiene adentro ya sea basura, o si tiene algún pollito de los que tiran si ya están muy mal, de los que se están muriendo –.

Y me enseñó y sí, el pollito ya hasta estaba, así como para que le dieras la mordida. Y el ambiente es como de ¡no manches, ¡qué pasó ahí! Y ruidos que escuchas, pero no hay nadie. 

Y, por ejemplo, yo iba a tirar mi basura y veía cómo estaba toda la hierba, pero, o sea, chido, como si estuviera hirviendo una olla de pozole, o cuando destapas una olla cuando hace ¡fuuuuuuuuum! Y así, pero más del triple, algo como de siete por siete. Y no manches, o sea, cualquier otra persona yo creo que si le hubiera dado miedo. Ahí fue cuando dije – No manches, si está cabrón–. 

Y luego otra, estábamos trabajando y se apagaban nuestros aparatos, no se iba la luz. Y decíamos que a lo mejor se había botado la pastilla, pero yo iba a ver y no se había botado nada. Eran las cuatro de la mañana. 

O yo estaba en la escalera y sentía que la movían, y le decía a mi compañero – no la estés moviendo –  y él decía – yo no estoy moviendo nada –. 

Y varias cosas así, raras, nos apagaban la planta para soldar, estábamos arriba, yo le estaba agarrando un cuadrado para que lo punteara y de repente ¡fiuuush!, se apagaba. 

–No manches, le moviste, me reclamaba–. Pero no, yo no movía nada. Igual bajaba a ver, pero no, son cosas que nunca fallan, o que rara vez llegan a hacerlo. 

De repente estábamos trabajando y nos asomábamos a la puerta de salida y se veían un buen de perros aullando –seguro está pasando la calaca, ¿no sientes el frío bien cabrón? –  decía. Y sí, sí se sentía. Cerrábamos la cortina y poníamos música para distraernos porque se sentía cabrón… se sentía, no sé cómo explicarte, pero pues ya pasaba. 

Síguemos en Google News