Por María Teresa López Rosales

Las frases “eres igualito a tu papá” o “de tal palo tal astilla” son típicas de las familias convencionales. Pero, ¿qué pasa cuando el padre o la madre son anónimos, porque se ha recibido una donación de células reproductoras?

La tecnología al servicio de los nuevos modelos familiares ha permitido que los hombres donen espermatozoides y las mujeres óvulos, para que muchas personas en tratamientos de fertilidad formen su familia.

Pero existe un gran tabú alrededor de estas alternativas. Por un lado, la culpa física y emocional de hombres y mujeres por no lograr ser ellos mismos los que conciben con sus propias células a su bebé. Y, por otro lado, el miedo y los prejuicios de recibir células de donantes: ¿Qué tipo de persona será? ¿Y si no se parece a mí?¿Mi pareja lo sentirá suyo?

¿Y si te digo que la cultura condiciona la herencia más que los genes? El ADN no explica todo lo que heredamos. Hablar de genética es olvidar que el entorno y la cultura también influyen en el comportamiento y la gestión. La historia lo avala.

La explicación del parecido entre padres e hijos ha sido una constante búsqueda que inició desde hace miles de años. Desde el siglo XIII comenzaban las ideas de cómo el entorno influía en las características de una persona.

El sacerdote Alberto Magno afirmaba que la humedad del lugar de nacimiento y la temperatura definían el tono de piel. Varias culturas creían que el parentesco provenía de la comida.

Desde la ciencia, Darwin comenzó con la inquietud de por qué los hijos se parecen a la madre o al padre o a la otra madre (en tiempos modernos). Pero fue hasta Gregor Mendel que se establecieron las bases de la genética y que Wilhelm Johannsen llegara a nombrar a los aparentes responsables: genes.

Ahora es tendencia pedir por Amazon el kit de herencia genética. Un test exprés de ADN que llega a tu domicilio (algunos con envío gratis) y en el que sólo requieres un simple hisopo en la mejilla para conocer tus raíces y a “los culpables” de tus defectos y virtudes.

Se ha comprobado que la herencia no sólo está en la sangre. Un estudio australiano publicado en Reproductive Biomedicine Online afirma que la carga genética donada no tiene por qué afectar negativamente al desarrollo psicosocial del niño.

Desde la literatura científica, el escritor Carl Zimmer, afirma en el libro Tiene la sonrisa de su madre: Los poderes, perversiones, y potencial de la herencia, que los genes no pueden darnos lo que realmente queremos saber.

Zimmer invita a repensar el concepto de herencia, desde un lugar donde responda a la naturaleza de los miedos y lo que se busca conocer. Para Zimmer los genes no son suficientes para explicar lo que se está pasando a los hijos si se toma en cuenta la herencia como un todo.

De nuestros abuelos heredamos el miedo de volver a vivir la forma de violencia más masiva de la historia: la explosión de una bomba atómica. De nuestros padres, la disciplina y el rigor para asegurar un patrimonio y prevenir cualquier desastre.

Y a nuestros hijos les dejaremos como herencia, más que el tono de piel o el temperamento, la incertidumbre de un mundo cambiante. La tristeza del cambio climático, el miedo de ser mujer y caminar sola por las calles. Más allá del ADN eso será lo que dejaremos al mundo entero.

Genética y crianza, las dos cosas influyen. Los miedos cambian según el contexto, pero el cariño hacia un hijo no tiene que ver con la genética. Tal vez tu bebé no resultó de tus óvulos o espermatozoides, pero tuviste todo un embarazo para aprender a quererlo, y ¿qué le vas a dejar?

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María Teresa López Rosales


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