Por María Teresa López Rosales

En 1950, en Nueva York, un hombre devastado por la pérdida de su hijo, recurría a la voz y sabiduría de Albert Einstein, a través de una carta, ya que el padre sufría la muerte de su hijo de 11 años por poliomelitis.

“Estimado Einstien: El verano pasado mi hijo de 11 años murió de polio. Su muerte ha destrozado la estructura mi propia existencia, mi vida se ha convertido en un vacío casi sin sentido, ya que todos mis sueños y aspiraciones se asociaron de alguna manera con su futuro y sus esfuerzos”.

Escribía el padre con desesperación. Estaba afligido y se preguntaba si podría haber una evidencia de inmortalidad en el principio de conservación de energía en la ciencia.

“Te escribo porque leí tu libro ‘El mundo tal como lo veo’. En la página cinco, afirmas que: ‘Cualquier persona que deba sobrevivir a su muerte física está más allá de mi comprensión... tales nociones son por los miedos o el egoísmo absurdo de las almas débiles’”, y luego cuestionaba, “desde tu punto de vista ¿no hay consuelo para lo que estoy viviendo? ¿Debo creer que mi hermoso y querido hijo ha desaparecido para siempre en el polvo?; que no había nada dentro de él que haya logrado desafiar la tumba y haya trascendido el poder de la muerte?”.

La carta cerraba con una petición: “¿puedo tener una palabra de usted? Necesito ayuda mal. Sinceramente tuyo, R.M.”.

El físico —y papá de dos hijos— se tomó el tiempo de responder. Con sensibilidad a su dolor, Einstein le recuerda al padre que la ciencia no puede proporcionar la certeza de la inmortalidad que espera, al menos no en un sentido literal.

Por eso Einstein ofrece en su respuesta una perspectiva diferente, sobre la unión y el universo: “Estimado Sr. M., un ser humano es parte de todo el mundo, llamado por nosotros ‘Universo’, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y sentimientos como algo separado del resto, una especie de ilusión óptica de su conciencia.

“El esfuerzo por liberarse de este engaño es el único problema de la verdadera religión. No alimentar el engaño, sino tratar de superarlo, es la manera de alcanzar la mayor paz mental posible”.

Es inimaginable el dolor que vive un padre ante la pérdida de un hijo. Lamentablemente, la sociedad tampoco está preparada para hablar de la paternidad en este sentido profundo. ¿Qué sienten los hombres que no pueden ser papás?

Así como hay mujeres que exigen un espacio para sí mismas en el lugar de trabajo y en el mundo, los hombres deben abordar los obstáculos que les impiden participar en la paternidad.

La infertilidad masculina es una tendencia en aumento. Ser papá resulta cada vez más complicado, debido al deterioro que el semen ha tenido en los últimos años.

Según datos de la Sociedad Americana de Medicina Reproductiva (ASRM), la concentración de espermatozoides en hombres de Estados Unidos, Europa, Australia y Nueva Zelanda han disminuido en más del 50 por ciento en menos de 40 años.

Entre padecimientos de hombres y mujeres, las estadísticas apuntan a que nos dirigimos a un mundo estéril. Lo lamentable es que no hay otro Albert Einstein a quién escribirle para recibir consuelo.

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María Teresa López Rosales


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