Por Francisco X. López

En el canon del superhéroe debe existir siempre un archienemigo, una suerte de némesis, un opuesto perfecto que enfrente al protagonista y le presente el mayor de los desafíos. En el caso de Batman, considerado por muchos el superhéroe más importante, existe El Guasón, catalogado por aficionados y estudiosos como el villano más importante de todos.

Cuenta la historia que en la búsqueda de un adversario que superara a los comunes mafiosos y científicos, un joven asistente, llamado Jerry Robinson, sugirió usar la imagen de una carta, un comodín, ante lo cual, el guionista Bill Finger lo relacionó con Gwinplayne, protagonista de la película The Man Who Laughs, interpretado por el actor Conrad Veidt. Este personaje sufre una desfiguración que lo deja con una sonrisa permanente, de tal forma que siempre se ría, aún ante el recuerdo de la muerte de su padre.

Contrario a su inspiración, El Guasón es un psicópata criminal y asesino, que anuncia sus fechorías por el placer de ver a la policía tratar inútilmente de prevenirlas. En su primer enfrentamiento presenta el mayor reto enfrentado por el Hombre Murciélago, quien ya contaba con la ayuda de Robin. Tanto así que en ese mismo cómic protagoniza dos historias, en la primera escapa en el último momento y en la segunda sobrevive a su aparente muerte, estableciendo de esta manera un patrón que se mantiene hasta hoy.

El editor de Batman vio potencial en el personaje y modificó el final de la aventura para permitir futuros enfrentamientos. El resto es historia.

Durante años, El Guasón apareció constantemente atacando y matando, hasta que la censura de los años 50 obligo a suavizar el personaje, convirtiéndole en un simple ladrón con planes estrafalarios. Este cambio hizo que perdiera popularidad y terminara siendo relegado y casi olvidado, hasta que en 1966 una rocambolesca versión apareció en la serie televisiva, interpretada por Cesar Romero y que irónicamente devolvería al villano la popularidad perdida.

Fue hasta 1973 que los cómics le vieron volver a su antigua forma, matando por el gusto de hacerlo y burlándose de quien osara enfrentarlo y, desde entonces, se ha convertido en un símbolo de la locura y la maldad pura.

Durante décadas diversos autores han hecho sus mejores esfuerzos para llevar su retorcida mente y acciones a niveles cada vez más extremos, convirtiéndole en un objeto de estudio no sólo para historiadores, también para psicólogos y sociólogos que encuentran en el la manifestación de un gran número de trastornos mentales, incluso de una mente cuya extrema cordura le permite ver la farsa de la sociedad y sus reglas.

El Arlequín del Odio, El Príncipe Payaso del Crimen, El As de Bribones, El Bufón del Genocidio, o simplemente Mister J. dejó de ser un simple villano de cómics para convertirse en un símbolo de múltiples significados, en el cual el lector pueda ver reflejados su peores demonios o sus ideas más radicales que, al plasmarse en el papel, le permiten exorcizar su lado más oscuro, más siniestro.

Nada mal para el complejo personajde de  un simple comediante fracasado.

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Francisco Xavier Lopez Martinez


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