De balas, Ruvinkis y purgatorios

Foto: Especial

Por Gerson Gómez

“BALAS DIVINAS”, DE JORDI MARISCAL
El abuelo de Martín está a punto de morir. La única cura, asegura, es que su nieto vaya a París por un ícono antiguo que tiene poderes de curación y que sólo los varones de su familia pueden utilizar. Dubitativo, el joven Martín emprende el viaje. Sin embargo, pronto se percata que lo que él creía ser un viaje motivado por los delirios de un moribundo, es una arriesgada misión repleta de persecuciones, secretos y peligros. En Balas divinas encontramos una novela de aventuras, pero también de crecimiento que reflexiona en torno a las estructuras de la clase alta mexicana y los secretos que las familias pasan de generación en generación.

“PURGATORIOS QUE ME HABITAN”, DE JOHANN DE MEDINA
La de Johann De Medina es una voz hecha de jugos y juegos gástricos, lágrima, huellas sanguíneas, vísceras, todo en esdrújulas porque la sonoridad cuenta en poesía. Son fluidos de su sello personal, tanto como del país donde ya nada nos extraña, como que a un muerto lo dejen “en su sangre, / en un charco de la patria”, con lo cual “se sabe más de las moscas / que del llanto de su madre”. En los Purgatorios que me habitan está presente también el sentido del humor con el que el poeta pide ser velado “en Gayosso / con el paquete delux, / bien maquillado / peinado a posteridad” o con el que reguetonea: “Sandunguéame las penas, / arremángame la vida con tu calor, / con tu ojos tuyos de bichota”, mientras en otros versos aparecen ecos de César Vallejo: “¡Qué pena! / Yo supe el nombre de Dios / y él mi nombre no lo recuerda”. Aparece asimismo el escrutinio de experiencias deslavadas de nuestra espesa especie, como comprar “en las chácharas” o empacarse un Choco Milk para sentirse mejor. El resultado es este hallazgo de extrañamiento, porque no existen temas ajenos a la exploración literaria, parece apuntar el autor, de ahí que resulte esencial preparar la mirada para atender la cotidianeidad en su trama dispar, a fin de mirarlo todo, oírlo todo y quizá sólo quizá, luego preguntarse: “¿Por qué será tan fácil morirse / y tan complicado aguantar otro día?”.

“ELSA”, DE ELSA RUVINSKIS
Cada vida es un viaje, pero algunos viajes toman rutas inesperadas: Elsa, de Elsa Ruvinskis, es una de ellas. Desde una juventud azarosa en Colombia, un sorpresivo viaje a Nueva York, el descubrimiento y encuentro con su padre, quien cambió drásticamente su existencia del icónico actor, luchador y empresario Wolf Ruvinskis y el traslado de residencia a la Ciudad de México, hasta un nuevo inicio en Los Ángeles, California, siguiendo a su hija y nietos. Elsa no sólo nos comparte la aventura de una vida al máximo, sino sus alegrías, amistades y decepciones. Todos tenemos algo que contar, pero cuando una historia es narrada y crea ecos en otros nos permite saber que, si luchamos por nuestros sueños, mañana todo saldrá aún mejor de lo esperado.

“TRES CRUCES”, DE ALEJANDRO PANIAGUA ANGUIANO
Tres cruces es el relato honesto y descarnado de un país atravesado por el narcotráfico y la violencia. Cada uno de los tres protagonistas de este libro lleva consigo la cruz de la culpa, el miedo, la ignorancia y la muerte. Lúa es una niña que crece sin padres jugando en la fosa clandestina que solía ser la bodega de su abuela, conviviendo con los muertos. Estela, abuela de Lúa, convive con su alcoholismo y sus secretos. El Ponzoña, sicario del narco, vive perpetuamente atormentado por la huida y el olor de sus asesinatos. Alejandro Paniagua Anguiano marca con Tres cruces la geografía íntima de la violencia, la que vivimos cotidianamente y nos habita, con la precisión de un rifle de francotirador.

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