Por Alejandro Ávila Peña
La vida es una serie de circunstancias donde atravesamos momentos de felicidad, tristeza, derrota y triunfo; experiencias donde tratamos de lidiar con las pruebas que el destino nos presenta. Por momentos resulta pesada, pero se tiene la dicha de contar con personas que en las buenas y en las malas siempre estarán para nosotros: los amigos. Sin importar si existe contacto diario, en los momentos necesarios son esa ayuda emocional indispensable, ya sea para compartir un problema, tomar un café, celebrar en navidad, ir al cine, ir a un festival de música o comunicarse por cartas o llamadas; los verdaderos amigos siempre será ese antídoto contra la soledad, que a día de hoy, es una pandemia que consume a millones de personas. Un mal que atormenta, aísla y sucumbe en una prisión donde la tristeza y la rabia se apoderan de uno, alejándolo de su entorno social; a veces, se intenta salir de ahí, pero es debido a dificultades de relación social que algunos presentan un problema para forjar amistades. Es así que, hay quienes intentan salir de esto con sus pasiones, sus gustos, y poco a poco ir conectando con gente que entienda su manera de ser, y al final, lo comprendan.
Sin embargo, las relaciones interpersonales no son fáciles para todos. En algunos casos existe ansiedad o temor al hablar, por problemas de condición social o por sentirse incomprendido. Esta dificultad para forjar vínculos deriva en un doloroso estado de soledad donde el individuo se siente aislado. A veces, esta soledad se evade con aficiones, siendo el cine un punto donde pueden sentirse eguras, identificadas y comprendidas.
Es en el séptimo arte donde la soledad encuentra un quiebre, permitiendo conversar con aquel creador que invoca imágenes para contar una historia y sentirse acompañado a la distancia.
En 2009 se estrenó la obra artesanal en stop motion ‘Mary and Max’, una película necesaria al ser la compañera de diversas generaciones al hablar de ansiedad y depresión. En entrevista para Diario de México, su director, el ganador del Oscar Adam Elliot, platicó sobre la realización del filme y su visión de esta historia nacida de una amistad y una comprensión mutua. Con motivo de su estreno en salas de México el próximo 24 de septiembre, esto fue lo que el realizador nos contó.
El cineasta como mago, la artesanía y el poder de la exageración
Elliot es preciso al confesar la noción que tiene sobre la labor del cineasta. El creativo define a los animadores como invocadores de mundos, llamándoles inclusive dioses, pues asegura que mediante la animación se pueden crear universos impensables con historias profundamente humanas que toquen fibras emocionales. "Más magos que cineastas", se define el realizador, agregando que al hacer animación se cuenta con un recurso ausente en la acción real. "Contamos con esa maravillosa herramienta de la exageración", confiesa, añadiendo que "amo poder jugar a ser dioses".
Para el creador, el stop motion posee una cualidad mágica y una autenticidad única porque el público sabe que lo que ve en pantalla está elaborado a mano. Esa dimensión artesanal genera una ilusión donde un bloque inerte de plastilina adquiere alma y latido. Frente al cine digital, Elliot rechaza la acción real: "No tengo interés en hacer películas en acción real", reafirmando que la animación le otorga libertad expresiva e identidad incomparables.
La pandemia de soledad y la verdad detrás del espectro autista
Al profundizar en ‘Mary and Max’, Elliot demuestra sabiduría sobre el comportamiento humano. Aunque vivimos en una sociedad hiperconectada por pantallas y redes sociales, advierte que existe una auténtica pandemia de soledad. Ante este fenómeno, establece una clara distinción entre estar solo y sentirse solo: "Hay una gran diferencia entre estar solo y sentirse solo... estar solo puede ser algo bastante saludable... pero la soledad es diferente... puede ser paralizante y causar mucho dolor a mucha gente". Respecto a la amistad, concluye: "No se trata de cuántos amigos tengas, sino de la calidad de amigos que tengas", señalando que "los amigos son con quienes compartes tus problemas".
Uno de los aspectos más trascendentales de la película radica en cómo aborda una realidad concreta como el síndrome de Asperger a través de Max. Basado en su amigo por correspondencia real, Elliot investigó con psicólogos, psiquiatras y personas dentro del espectro para retratar fielmente esta condición. El director enfatizó que no buscaba educar ni dar discursos moralizantes, sino lograr que el público se ponga en los zapatos de Max y entienda cómo es ser él. La clave de su impacto radica en la perspectiva del propio personaje: "No veía al Asperger como una desventaja, lo veía como un superpoder". Al reflejar las dificultades del aislamiento sin reducir al personaje a su diagnóstico, Elliot logró que personas en el espectro autista se sintieran representadas e identificadas. "Me alegro mucho de haber explorado el autismo de Max", confiesa el autor, recordando que "había mucha gente ahí afuera que se sentiría identificada con Max, que entendería su vida, su dolor y su dificultad para que le entiendan".
La catarsis del espejo: proyección personal y la lucha contra la apatía
En la edificación de este universo, Elliot tomó decisiones creativas decisivas para trascender la mera autobiografía y conectar con la experiencia colectiva. Al concebir la historia a partir de las cartas de su amigo por correspondencia, el director dudó en incluirse directamente como contraparte. "Me convertí en una niña de 8 años llamada Mary", explica sobre la metamorfosis de su propia infancia en el personaje principal, creando así un emotivo puente de vulnerabilidad entre dos mundos distantes.
Esta transfiguración personal permitió abordar el aislamiento sin caer en dogmatismos. Para el realizador, el verdadero fracaso de una obra artística no radica en incomodar, sino en el desinterés: "La indiferencia y apatía son lo peor que te puede pasar al ir a ver una película", sostiene Elliot. Bajo esa premisa, retratar el Asperger fue una auténtica necesidad humana. "Sabía que mucha gente ahí afuera se sentiría identificada con Max, que entendería su dolor y su dificultad para los que le rodearan le entendieran", concluye sobre el impacto de proyectar la incomprendida realidad del espectro autista en la gran pantalla.
El cine como antídoto emocional y un legado que perdura
Frente a la incomprensión, el cineasta concibe su obra como una experiencia curativa y medicinal. Elliot busca brindar "nutrición emocional". "Espero que mis películas sean una especie de bálsamo y, en cierto modo, un antídoto contra la soledad", confiesa. Asimismo, expresa el propósito central de su trabajo: "Quiero que el público se ría y quiero que llore, pero también quiero que salga del cine sintiéndose un poco mejor consigo mismo y con el mundo que lo rodea". Para el autor, las imperfecciones son parte de la condición humana: "Hay que aceptar las imperfecciones que todos tenemos".
A casi dos décadas de su estreno, el legado de ‘Mary and Max’ sigue vigente. Su estreno en cines mexicanos confirma que el séptimo arte es una experiencia comunitaria insustituible. "La gente vuelve al cine por el sentido de comunidad" y "la gente realmente necesita al cine", recalca el realizador. Al reunir en la penumbra a desconocidos para presenciar una ficción hecha a mano, la obra de Adam Elliot quiebra la apatía y recuerda a quienes sufren en silencio que siempre habrá un amigo a la distancia.
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