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Reseña de 'Digger': Iñárritu y Tom Cruise firman una sátira apocalíptica sobre poder, clima y colapso

Escena

En 'Digger', Alejandro G. Iñárritu y Tom Cruise presentan una sátira apocalíptica sobre un magnate petrolero que intenta controlar la narrativa tras provocar el colapso ambiental. Una monumental crítica a la sociedad de consumo y sus excesos.

'Digger' se estrena esta semana. Foto por: Warner Bros Pictures
'Digger' se estrena esta semana. Foto por: Warner Bros Pictures

Por Alejandro Ávila Peña

Alejandro G. Iñárritu es, al día de hoy, uno de los cineastas más descomunales, críticos y atemporales no solo de México, sino de todo el globo terráqueo. Su ambición no tiene límites y, a lo largo de su trayectoria, ha demostrado ser un artista revolucionario que ha cambiado las reglas del juego, deconstruyendo ciertas normas y estableciendo nuevos patrones que seguir. El mexicano innovó con ‘Amores Perros’, forjando una de las películas mexicanas más importantes de este siglo; luego, en su búsqueda por alcanzar la gloria hollywoodense, manufacturó películas a gran escala donde las reglas de la cinematografía se adentraron en técnicas innovadoras y precisas, demostrando que Alejandro es un narrador excepcional de la imagen.

Es así que, después de varios años sin realizar una película hollywoodense, el autor de ‘Babel’ regresa por lo grande con una sátira de enormes proporciones: ‘Digger’, una monumental obra apocalíptica protagonizada por Tom Cruise, quien encarna a Digger Rockwell, un acaudalado magnate petrolero que, después de construir un imperio, termina enfrentándose a las consecuencias del desastre ambiental que su propio modelo de vida ayudó a desencadenar.

Hay algo en el cine de Alejandro G. Iñárritu que siempre ha logrado: traer temas de conversación a través de sus películas. El cineasta mexicano no deja indiferente a nadie; sabe muy bien las reglas del séptimo arte, de la imagen, de la importancia de ser un narrador y de poder utilizar este arte para alzar la voz. Con ‘Digger’, el mexicano ha forjado un viaje salvaje, repleto de sorpresas y grandes momentos que evidencian que su cine continúa buscando territorios que pocos realizadores se atreven a explorar. Iñárritu demuestra ser un narrador interesado en la condición humana, en sus demonios, sus errores y sus contradicciones, pero también en algo que termina siendo el verdadero corazón de la película: la capacidad que tienen las historias para moldear nuestra percepción de la realidad.

Antes de seguir, es importante mencionar que, mientras sepas menos de la película es mejor pues, la obra entiende que la magia de cine es sorprender en el momento, por lo cual, este viaje realizado por Iñárritu y Cruise tiene una de las sorpresas más inesperadas que se han experiementado en una sala de cine. 

'Digger'
'Digger' - Foto: Warner Bros Pictures

El poder de contar una historia

Desde tiempos ancestrales, la narración de relatos ha sido un testimonio para forjar una identidad, salvaguardar tradiciones y, a su vez, recordar de dónde venimos y hacia dónde vamos. La narración de la creación del mundo, por ejemplo, en donde los dioses hicieron este plano terrenal, o donde fue un solo Dios quien forjó esta realidad; cada una de estas historias parte de un objetivo: entender quiénes somos. Es así que, desde hace siglos, la representación de las historias ha sido elaborada a través de diferentes ramas artísticas: la literatura, la teatralidad y demás, manteniendo así vivas historias que, con el paso de los años, han forjado la identidad de civilizaciones enteras.

El arte puede ser esa vía de escape por la que diversas emociones pueden salir; es una evidencia de lo que es determinada sociedad en un tiempo específico. Las obras artísticas manifiestan emociones colectivas, desde triunfos y derrotas hasta inconformidades y anhelos. Es así que, con el paso de los años, diversos artistas han seleccionado alguna rama artística para esculpir obras que sirvan como espejo de la sociedad.

El cine, en particular, tiene la capacidad de convertir una idea en una imagen que puede permanecer en la memoria colectiva. Puede establecer héroes, villanos, culpables y salvadores. Puede construir una verdad a partir de la repetición de un relato. Y justamente ahí es donde ‘Digger’ encuentra su discurso más interesante: en la manera en la que las narrativas pueden ser utilizadas para controlar el miedo, justificar decisiones y manipular a las masas.

La película incluso plantea que los hechos por sí solos no son suficientes. Frente a una catástrofe, lo importante no solamente es lo que ocurrió, sino quién cuenta lo ocurrido. El dato puede ser frío; el relato puede convertirse en una herramienta política, social y emocional. Digger entiende esto perfectamente y pretende utilizarlo a su favor. No quiere únicamente sobrevivir al desastre que ayudó a provocar: quiere controlar la historia que se contará sobre él.

Y ahí aparece una de las grandes ironías de la cinta. El hombre que contribuyó a cavar el agujero donde está enterrándose la humanidad también quiere ser quien explique por qué ocurrió la tragedia.

'Digger'
'Digger' - Foto: Warner Bros Pictures

El hombre que cavó su propio mundo

La necesidad de coexistir con la modernidad pone al individuo en un espacio donde debe cumplir ciertas tareas que le corresponden. Desde tiempos remotos, el ser humano tuvo que actuar, utilizar su instinto de supervivencia y, de esta manera, construir la sociedad a través de palos, rocas y demás herramientas, hasta que, poco a poco, la tecnología que fue utilizando comenzó a mutar en una era conocida como la Revolución Industrial.

Fue así que, sin saberlo, esta estructura que forjó el individuo terminó convirtiéndose, de cierto modo, en la condena de su propia existencia. La sociedad se configuró en un sistema que hace uso de los recursos naturales y que, en nombre del progreso, convirtió la explotación en una forma de vida. Las ciudades artificiales comenzaron a irrumpir en el entorno natural; los modelos de negocio comenzaron a orientarse en la capacidad de consumir recursos para generar más capital económico. Fue así que la sociedad estructuró una forma de vida en la que, sin saberlo, se condenó a una muerte anunciada.

Es de esta manera que Iñárritu recurre al arte para alzar la voz sobre esa muerte anunciada; para entregar un testimonio de una catástrofe ambiental que ya no pertenece únicamente a la ficción. ‘Digger’ lleva esa idea hasta el extremo y construye una fábula negra sobre los excesos del hombre.

Lo extraordinario de la obra es que Iñárritu no señala únicamente a un hombre. Digger puede ser el culpable inmediato, pero también es el resultado de una estructura. Su riqueza, su poder y su soberbia no aparecieron de la nada. Son el producto de un sistema que premia el crecimiento sin importar demasiado las consecuencias. Por eso el título adquiere una dimensión mucho más interesante: Digger es un personaje, pero también es un concepto.

Todos somos Digger de algún modo.No porque todos tengamos un imperio petrolero, sino porque la película plantea que participamos de una maquinaria que consume, desecha y continúa avanzando incluso cuando conoce las consecuencias. La pala se convierte así en una metáfora perfecta: seguimos cavando mientras sabemos que debajo de nosotros existe un abismo.

'Digger'
'Digger' - Foto: Warner Bros Pictures

Una obra de teatro en medio del apocalipsis

Con una precisión extraordinaria, Iñárritu construye en ‘Digger’ una puesta en escena que parece estar permanentemente atrapada entre el cine y el teatro. La película se siente como una enorme representación donde cada personaje interpreta un papel y donde cada espacio parece construido para que el espectador observe el derrumbe de una civilización desde la primera fila.

Hay una manufactura artesanal que hace que la obra se sienta tangible y atemporal. Cada escenario está perfectamente detallado con objetos que permiten que lo que sucede parezca real; cada juego de iluminación hace que estos espacios deslumbren por una coloración magnética y una puesta en escena digna de una obra teatral. Los colores marcan la emoción de los encuadres, desde negros introspectivos hasta rojos inquietantes.

La fotografía de Emmanuel “El Chivo” Lubezki es uno de los grandes argumentos de la película. La cámara deambula por espacios cerrados, oficinas, habitaciones y escenarios que parecen contener una obra de teatro completa, pero también se abre hacia paisajes de dimensiones apocalípticas. El mundo exterior se convierte en una amenaza constante mientras el interior permanece ocupado por personajes que continúan discutiendo, negociando y mintiendo como si todavía tuvieran control sobre algo.

Desde inundaciones, aguas ardientes, gente enloquecida y escenarios que parecen extraídos de una pesadilla, Iñárritu consigue trasladar una paranoia social que resulta inquietante precisamente porque la película no necesita explicar demasiado: basta con mirar alrededor para comprender que el desastre ya comenzó.

El diseño sonoro también funciona como un mecanismo de tensión. Cada golpe, cada grito y cada estruendo convierten el espacio en una especie de caja de resonancia donde la catástrofe parece acercarse lentamente. La cámara, por su parte, se mueve con una libertad hipnótica, como si quisiera demostrar que incluso cuando todo está a punto de desaparecer, todavía existe una belleza terrible en observar el mundo colapsar.

Tom Cruise contra sí mismo

Tom Cruise da una de las actuaciones más particulares de su carrera, y sin duda alguna entrega su mejor trabajo actoral de este siglo. El estadounidense no interpreta al héroe que durante décadas ha construido como estrella cinematográfica; aquí interpreta exactamente lo contrario. Digger es arrogante, grotesco, egocéntrico, repugnante y, por momentos, profundamente ridículo.Y, sin embargo, funciona.

Cruise utiliza su propio estatus de estrella para construir un personaje que parece estar obsesionado con convertirse en una leyenda. Digger no solamente quiere salvar a la humanidad: quiere que la humanidad sepa que él fue quien la salvó. La diferencia parece mínima, pero ahí se encuentra buena parte de la sátira.

El actor desaparece detrás de prótesis, gestos exagerados, una corporalidad distinta y una manera de hablar que convierte al personaje en una criatura casi caricaturesca. Pero debajo de todo ese exceso existe algo que Cruise entiende perfectamente: Digger necesita ser visto.

Su gran monólogo es probablemente uno de los momentos donde la película consigue concentrar mejor todas sus ideas. El personaje habla de responsabilidad, de poder, de petróleo, de supervivencia y de la hipocresía de una sociedad que necesita determinados recursos mientras condena públicamente a quienes los producen. Es una secuencia incómoda porque, aunque Digger sea un hombre moralmente cuestionable, algunas de sus palabras obligan al espectador a enfrentarse con contradicciones reales.

Jesse Plemons, Sandra Hüller, John Goodman y Riz Ahmed completan un reparto extraordinario. Ahmed, particularmente, consigue darle humanidad a un personaje que funciona como contrapunto de Digger: alguien que observa los datos, comprende la magnitud del desastre y descubre que tener la razón no significa necesariamente tener el poder para cambiar las cosas.

Sin embargo, aquí también aparece uno de los grandes problemas de la película. Muchos de estos personajes parecen existir más como representaciones de una idea que como seres humanos completos. Iñárritu los utiliza para representar distintas posturas frente al colapso: la negación, la soberbia, la desesperación, la ciencia, el poder y la supervivencia. El problema es que, en ocasiones, la alegoría pesa más que la persona.

La ambición que termina cavando demasiado profundo

‘Digger’ es inquietante por lo oscuramente cínica que llega a ser, pero también es una película que termina revelando sus propias limitaciones. Iñárritu quiere hablar del cambio climático, del capitalismo, de la manipulación mediática, del poder, de la necesidad humana de construir relatos, del ego, del espectáculo y de la manera en que una sociedad puede convertirse en cómplice de su propia destrucción.Son demasiadas ideas para una sola película.

En ‘Birdman’ el cineasta hablaba de un hombre incapaz de escapar de sí mismo; en ‘El Renacido’ exploraba la dimensión más salvaje del ser humano; aquí parece querer construir un espejo mucho más grande, uno que refleje a toda una civilización. El problema es que, al intentar abarcarlo todo, algunos personajes terminan perdiendo profundidad.

‘Digger’ se siente por momentos más como una hipótesis fílmica que como una tesis completamente desarrollada. La película sabe perfectamente qué quiere decir, pero no siempre sabe cómo hacer que el espectador sienta aquello que está diciendo. Hay una desconexión emocional que aparece cuando la sátira ocupa demasiado espacio y los personajes quedan reducidos a piezas de un mecanismo.

Esto no significa que la película carezca de fuerza. Al contrario: pocas películas actuales tienen la ambición de construir un espectáculo de estas dimensiones para hablar de algo tan incómodo. El problema está precisamente en que Iñárritu parece tan obsesionado con demostrar que todavía puede reinventar las reglas del cine que, en algunos momentos, descuida aquello que hizo que sus primeras películas fueran tan devastadoras: personajes capaces de romperle algo al espectador por dentro.

Por eso ‘Digger’ funciona mejor como experiencia cinematográfica que como drama humano. Es monumental, caótica, pretenciosa y, en ocasiones, excesiva. Pero también es una película viva, una obra que quiere discutir con el espectador y obligarlo a preguntarse quién cuenta las historias cuando todo se derrumba.

Como espectáculo, ‘Digger’ puede sentirse demasiado grande para sí misma. Como discurso, tiene momentos de enorme potencia. Y como retrato de una humanidad que continúa cavando mientras sabe que está destruyendo el suelo que pisa, resulta imposible no encontrar algo inquietante en ella.

Al final, la película llega a ser incluso esperanzadora a pesar de irradiar una atmósfera de decadencia social que se extiende hasta los créditos. Iñárritu logra trasladar el imaginario de un mundo apocalíptico, pero su verdadero triunfo está en colocar cada defecto de la sociedad dentro de Digger, haciendo que cada mal de nuestro tiempo esté presente en sus movimientos, sus palabras y sus decisiones.

Desde tiempos remotos, la representación de historias ha sido un vehículo para moldear sociedades, exigir respuestas, construir identidades y dar sentido a nuestra existencia. Por eso ‘Digger’ termina siendo una película que habla tanto del fin del mundo como de la necesidad de contar quién fue responsable de ese final.

Quizás esa sea la verdadera tragedia: que incluso cuando el mundo se está muriendo, seguimos preocupados por quién tendrá el privilegio de narrar su muerte.

‘Digger’ es una ficción necesaria, pero también un ejercicio que se queda a medias. Demuestra que la ambición de un artista puede alcanzar dimensiones extraordinarias, pero también que esa misma ambición puede terminar cavando demasiado profundo. Iñárritu construye un espectáculo visual descomunal, una sátira negra y una advertencia sobre el destino que estamos forjando. Sin embargo, debajo de todo ese ruido queda una pregunta que la película no termina de responder: ¿qué ocurre cuando una obra consigue mostrar perfectamente el mundo que quiere destruir, pero no consigue hacer que nos importe lo suficiente quienes viven dentro de él?

Tal vez por eso el último golpe de ‘Digger’ no está en su apocalipsis, sino en su título. Hemos dejado los palos, hemos construido ciudades, imperios y máquinas; hemos convertido los recursos en dinero y las historias en herramientas de poder. Ahora cargamos una pala. Y seguimos cavando el final de nuestra propia existencia.

 

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Alejandro Ávila